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lunes, 16 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: Jaime Bateman Parte 3 Final

Jaime Bateman Cayón (Parte 3 de 3 Final)

"Recuerdo cuando mataron a Camilo..."


Vivía en una pensión situada en la calle veintisiete con carrera veintiseis, junto con mi hermana y Carlos Romero, entonces su marido, quien era dirigente de la Juventud Comunista. Hoy es vicepresidente del Concejo de Bogotá y miembro del P.C. (Partido Comunista). Me dediqué de lleno a la política. Ingresé a la JUCO en 1960 y le hice campaña a Alfonso López Michelsen. Tal vez él no me recuerde. Pero nos veíamos en las comidas, en las manifestaciones. Yo era de los que hablaba primero para atraer a la gente. Esa es la mecánica. Adelante mandan a unos tipos a que reúnan a la población. Luego llega el jefe y habla. Eché discursos en favor de López en muchos lugares: Ciénaga, Fundación, Aracataca... 

Tal vez fue allá donde se retiró del teatro, enfurecido, porque los comunistas habían hegemonizado la manifestación. Yo tenía un taller de screen con algunos compañeros. Quizás López no recuerde que contrató con nosotros la hechura, a mano de cien mil afiches. El me entregó el dinero... En los barrios de Bogotá también le hice campaña. Fueron muchos los sitios a donde lo acompañé. Pero él iba con su comitiva, en sus aviones, en sus carros y a nosotros nos tocaba comer carretera con el proletariado. Hacíamos manifestaciones inmensas en la Plaza de Bolívar. Generalmente yo estaba en la tribuna, a su lado. Pero ahí ya eran otros los que echaban los discursos. Villar Borda “El Conde”... ¡Cómo se llama ese tipo, hombre! “El Conde”, ése todo señorial, ése que hacía parte de la Dirección Liberal. Ese a quien acusaban de ser oligarca y que dijo una vez: “¡Más vale un oligarca al servicio de los pobres, que un pobre al servicio de los ricos!” 

Recuerdo también a la ex ministra de Trabajo, María Elena de Crovo. Me acuerdo de ella, la que soltó tantas lágrimas de cocodrilo cuando el entierro de José Raquel Mercado. De ella, la que bailaba tanto conmigo en las fiestas de la JUCO. 

Esa época era distinta a la de ahora. Acababa de triunfar la Revolución Cubana. Había más mística... Yo estuve preso cuando la CIA condujo la invasión a Playa Girón. Hicimos una manifestación monstruosa, de protesta, frente a la Embajada norteamericana. Nos allanaron la casa y me detuvieron. Permanecí unos días en unos calabozos que quedaban en la calle doce con la carrera cuarta. Entonces demandé al juez por daños y perjuicios. El se enfureció. 

Los pájaros disparándoles a las escopetas! —gritaba—. Era el juez veintitrés, recuerdo. Fue tal la rabia que le produjo mi demanda que me tuvo preso un tiempo más. Injustamente detenido por el sistema, ¿cierto? 

Con el fundador del Ejército Popular de Liberación, Pedro Vásquez, muerto en combate hace algunos años, formamos el grupo de choque de la JUCO. Les dábamos duro a los que, de noche, ponían avisos contra la Revolución Cubana. ¡Los cogíamos a cadenazos! Una vez, un miembro del Comité Central, borracho, comenzó a formar problema en una reunión. Le dimos con la cadena, obvio. Ya principiábamos a crearle dificultades al Partido. 

Jaime Bateman en la URSS
La JUCO me envió, entonces, a la Unión Soviética. Allá hice un curso de ciencias políticas. Yo me había inscrito en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional en Bogotá. Pero me la pasaba haciendo política. Si quedaba algún tiempo libre iba al Café Lutecia a tomar tinto y a jugar ajedrez. Jamás estudiaba. Pero leía mucho. Sólo lo que interesaba, obvio: Jorge Amado, Luis Carlos Prestes, Máximo Gorki.... En la Unión Soviética sí me tocó estudiar. Tuve que leer todas las obras de Lenin, muchas de Marx (El Capital, apenas mordisqueadito), algunas de Hegel, de cuanta mierda... Cuando terminé el curso ingresé al hospital ¡Eso fue un lío! Como yo era tan flaco, prácticamente no había lugar de donde me pudieran sacar la carne que necesitaba para hacerme los injertos en la pierna. ¡Esa maldita pierna! me molesta desde que tengo once años. Me la fracturé y el médico en Barranquilla, de bruto, me puso el yeso directamente sobre la herida. La pierna se iba gangrenando. Casi tienen que cortármela. En el hospital permanecí ocho meses. Estaba en un pabellón donde había muchos marineros. Con ellos aprendí a hablar ruso como chocoano. En Moscú había también varios brasileros. Me enseñaron a bailar zamba y a putear en portugués. ¡Hasta era divertido! Pero me aburrí en la Unión Soviética y regresé en 1962. Quizás fue en 1963. No estoy seguro. Claro que a mí no me gusta mencionar que estuve allá porque eso desprestigia. En serio. No se ría. ¡Desprestigia berracamente! 

Camilo Torres Restrepo en la Universidad Nacional
Llegué a Bogotá en la época de Camilo Torres. Viví intensamente ese período de su movimiento estudiantil. Yo era el responsable de la JUCO en Bogotá y, como tal, participaba en el movimiento. Conocí a toda la gente de la Federación de Universidades. En esa época el presidente de la FUN (Federación Universitaria Nacional) era Julio César Cortés. Primero lo sucedió Armando Correa, quien murió en el Ejército de Liberación Nacional y, luego, Jorge Posada. Yo no estuve tan cerca de Camilo como Julio César Cortés o Jaime Arenas. Pero sí lo conocí mucho. Lo defendía. A mí me hirieron durante una manifestación que hizo Camilo en Bogotá. Un tipo quería acercársele y me dio un golpe que me partió la mano. Había mucha pugna entre los distintos grupos por estar a su lado. Todo el mundo lo rodeaba. 

Pintura de Camilo Torres Restrepo
Pero recuerdo la primera reunión que él cito para hacer un llamamiento popular. López Michelsen, María Elena de Crovo, María Arango, muchos estábamos presentes. Camilo comenzó a hablar y todos se fueron retirando. Nos quedamos solos, con él, María Arango y yo. Le aconsejamos que hiciera algo más premeditado, más serio, menos infantil que lo que entonces decía: ¡era algo así como hacer una manifestación en la plaza de Bolívar y luego tomarse el poder! Pero después empezó su actividad en la Universidad, mucho más vigorosa. Comenzó a enfrentarse a la multitud, y la gente empezó a participar. 

Camilo en la guerrilla
Camilo hablaba sin tapujos, con sinceridad, sin pendejadas, con sencillez... Su discurso era muy elemental. La gente lo entendía. Además, era de una gran amplitud. Para nosotros, ésa fue la más importante de sus enseñanzas: ésa, la de que en este país la revolución tiene que ser popular; ésa, la de que hay que hacerla con todo el mundo, sin discriminaciones. El planteamiento de Camilo no era socialista, tampoco era comunista. Era popular, democrático, antioligárquico, antiimperialista... Y el Ejército de Liberación Nacional, en esa época, representaba mucho esa corriente. (Fue posteriormente, cuando el ELN estaba ya muy golpeado, que se radicalizó). Esa discusión, la de si Camilo ha debido irse a o no a la guerrilla, ¡es tontería! Todo es tan relativo... Seguro no escogió bien el momento... Ellos habían llegado a una conclusión falsa: la de que ya se les había cerrado el camino de la legalidad. Y, realmente, lo que nosotros veíamos era que a las manifestaciones de Camilo salía mucho la gente. ¡Claro que siempre había problemas con la policía! Pero se estaban haciendo movilizaciones de masas... 

Recuerdo cuando mataron a Camilo. Meses antes, yo iba a reemplazar a Manuel Cepeda en la Secretaría General de la JUCO. Pero fue Carlos Romero quien lo sustituyó. A mí, el monte me llamó más la atención. Me fui para la guerrilla. Ingresé a las FARC. 

Recuerdo cuando mataron a Camilo... 

Su muerte me produjo ira y tristeza. Sí, mucha tristeza... Quizás en mi vida nunca he estado tan triste como cuando murió Camilo. No acostumbro llorar. No me gusta... Jamás lloro. Pero sí, cuando mataron a Camilo, tal vez lloré... No sé, no me acuerdo bien... Era el estado del llanto en todo caso... 

Recuerdo cuando mataron a Camilo...

Con su muerte, como con la de Gaitán, el país sufrió otra enorme frustración... Con su muerte, como con la de Gaitán, al pueblo se le cerró otra puerta... Con su muerte, como con la de Gaitán, a los pobres se les esfumó otra esperanza... 

Recuerdo cuando mataron a Camilo...

 


Tomado de "Siembra Vientos y Recogerás Tempestades" de Patricia Lara.

Otras Publicaciones:


Jaime Bateman Parte 1 "A Gaitán lo asesinó la oligarquía"


Jaime Bateman parte 2 "Nos enfrentamos a la dictadura"

domingo, 15 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: Jaime Bateman Parte 2 : Yo era muy necio

Jaime Bateman Cayón (Parte 2 de 3)

"Nos enfrentamos a la Dictadura"



Jaime Bateman (Silla) en su primera Comunión
Recuerdo la época de Rojas Pinilla. En 1953, cuando tomó el poder, yo tenía trece años. Mi familia era liberal. Como había caído el presidente conservador Laureano Gómez, mis padres estaban felices. También yo, obvio. Entonces, no teníamos comodidades especiales. Nunca las tuvimos. Pero vivíamos bien. Nuestra casa quedaba en la Calle del Río. Su fachada era blanca. Su dueña había resuelto pintarla por dentro de verde aguamarina. Mi cuarto quedaba más allá del patio, tras los árboles, junto a la cocina. Detrás de la paredilla blanca vivía Salvadorcito. Joaquín Bohórquez, el viceministro de Hacienda del gobierno de López, vivía del otro lado. Cerca quedaba el Gimnasio Santa Marta. El samario de la televisión, Franky Linero, estudiaba conmigo. El banquero internacional, José Ochoa, también fue compañero mío. Me acuerdo de él porque hablaba muy bien inglés, era muy bueno para las matemáticas y jamás iba a comer burra con nosotros. ¡Es que... no parecía costeño! 

A mí me marcó el viejo Núñez, rector del Gimnasio Santa Marta, hecho a imagen y semejanza del Gimnasio Moderno. Dos veces me expulsó por echar en el suelo desbarata baile, esa hoja jugosa que despide un olor espantoso cuando uno la pisa. ¡Yo era muy necio! Hacía avioncitos de papel y los echaba a volar en plena clase. Era inquieto. No estudiaba. Pero me iba bien. Mi mamá decía que el viejo Núñez se condolía de ella porque vendía quesos, leche, de cuanta mierda, para costear la educación de sus hijos. El sueldo que ganaba mi papá no nos alcanzaba. Por eso, decía mi mamá, al viejo Núñez le daba lástima y me volvía a recibir luego de que me botaba. 

Jaime Bateman y su "bendita pierna"
Yo era tesorero de la Legión de María. Un día la jefa se fue y nos bebimos la plata de la Legión. Tomábamos mucho ron caña, el más barato. ¡En Santa Marta, alguien tiene que acordarse de mí en las parrandas! Me decían El Fundidor. Sacaba a bailar a las peladas y solamente las soltaba cuando se fundían de cansancio. En los carnavales tocaba tambor. Lo hacía para conseguir trago más que todo. Las parrandas, sabrosas, las cumbiambas... Yo participa en las cumbiambas tocando la hembra, el tambor que llama. Otro tocaba el macho, otro la rasca, otra la tambora, especie de bombo. Otro el guache, ese tarro de aluminio que tiene pepitas adentro. Y así recorríamos las calles disfrazados, cubiertos por los capuchones, tocando tambor, cantando, bailando, bebiendo ron. ¡Y se formaban las peleas! Siempre he sido violento cuando me emborracho, peligroso. Por lo general, las fiestas acababan en puños. Los bailes, sabrosos, los boleros... Era la época de Daniel Santos, de Beny Moré, del Casino de la Playa, de Alberto Beltrán, de Pacho Galán, de Bienveni¬do Granda... Me encantaba bailar. Me fascina. Salsa es lo que mejor bailo. Yo iba mucho a esos bares de la Costa en donde los hombres, solos, bailan la charanga. Y tiraba mucho paso. ¡Sí, bastante! Cuando no bailábamos íbamos a los billares Panamericana. Quedaban en la Calle San Vicente del Cangrejal. Todavía existen. Me encantaba el billar. Me fascina. Me gusta tanto como la pachanga y tanto como el mar. En el mar me la pasaba... Del colegio nos escapábamos para ir a bañarnos desnudos en la bahía. Era buen nadador. Fui campeón de natación. Campeón en todos los estilos. Sólo perdí una competen¬cia. ¡Era que ese día estaba enguayabado! 
Pues sí, yo vivía en el mar... Buceaba moneditas que los gringos me tiraban desde el muelle. Recorríamos la bahía en cayucos. Se los alquilábamos a un viejo pescador que habitaba en el barrio Ancón. Felicidad, le decíamos. Siempre estaba alegre... Ese barrio de pescadores no existe ya. En su lugar está ahora el Puerto. Dos pesos con cincuenta valía el alquiler del cayuco: de ocho de la mañana a tres de la tarde. Ibamos al Morro o a Taganga. Siempre quería llegar lejos. Pero mi amigo le temía al mar. Y eso me daba mucha rabia. Entonces, meneaba el cayuco hasta que se mareaba y lo ponía a llorar. Y lo hacía pedir perdón. Sólo así regresábamos. ¡Pobre! Siempre llegábamos un poco antes que el atardecer. 

Por las noches, íbamos al Bar Avenida. Recuerdo sus paredes amarillentas, sus mesas con manteles a cuadros rojos, su piano... La música salía del traganíquel, generalmente. A veces tocaba alguna orquesta. Bebíamos lo que pudiéramos pagar: Nevada, Anís Río de Oro o Ron Caña. Nos servían las meseras... Cuando teníamos plata, nos las llevábamos para cualquier pensión de mala muerte. A veces, dormíamos en el Hotel San Carlos. Era de madera. Afuera tronaba el ferrocarril. La noche valía cinco barras. Las meseras cobraban cincuenta por una noche entera y veinte por un ratico. Rara vez teníamos dinero. Entonces se formaban las peleas. Y todo terminaba en trompadas. 

Ya en esa época me habían expulsado definitivamente del Gimnasio Santa Marta. Me botó el cura que enseñaba Historia Sagrada. Se enfureció un día que le dije que por qué no nos contaba otro cuento... Poco fue lo que aprendí en ese colegio: ortografía, lectura y redacción. No más. Luego fui redoblante en la banda de guerra del Liceo Celedón. El ambiente del Liceo era muy popular. ¡Fue ahí donde se crearon los elementos de una rebeldía muy berraca! 

Nos enfrentamos a la dictadura. Cursaba cuarto o quinto de bachillerato. En esos días, mayo de 1957, cuando cayó Rojas Pinilla, tenía diecisiete años. Yo participé intensamente en la lucha contra Rojas. Encabezaba las manifestaciones. Tiraba piedra. Me mezclaba con la gente. Echaba discursos. Agitaba. Así hice mis primeros trotes en la rebeldía. Empecé mi vida política luchando al lado de la burguesía. Nuestra consigna era muy burguesa: “¡Lleras, Lleras, libertad, libertad!”. Eso era lo que gritábamos. ¡Pero con Lleras, de 1957 en adelante, no pasó un carajo! Entonces le dimos la espalda a la burguesía. Eramos varios. Me acuerdo de Félix Vega y de Pedro Bonnet, hoy brazo derecho de uno de los principales oligarcas colombianos, Julio Mario Santodomingo. 

Del Liceo Celedón me expulsaron también por revoltoso. Hacía huelgas. Protestaba contra los profesores injustos... Una vez arrastramos a un profesor en calzoncillos por todo el colegio. Nos había puesto cero a todos. Y eso era injusto. Cuando terminé quinto, el rector del Liceo, Alfredo Almenares, me botó por ser el abandera¬do de las manifestaciones contra el profesor Montero, un tipo a quien debíamos aguantarnos a pesar de que el estudiantado no lo quería. Entonces, vine a Bogotá a cursar sexto de bachillerato. Me matriculé en el Colegio Interamericano.

En Bogotá...

(Continúa en unos días...)




martes, 10 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: Jaime Bateman "A Gaitán lo asesinó la oligarquía"

Jaime Bateman Cayón (Parte 1 de 3)
"A Gaitán lo asesinó la oligarquía"


Carlos Bateman, Jaime Bateman (Centro) y Matilde Bateman
Cuando mataron a Gaitán el Ejército llegó a mi casa. Mi papá trabajaba en Telecom. La gente enfurecida por el asesinato de su líder, iba a destruir las instalaciones de la Empresa de Telecomunicaciones del Gobierno. Y llegó el Ejército... Los soldados vivieron en mi casa durante dos meses. El Gobierno los había abandonado. Nadie les enviaba ropa ni comida. Sudaban. No soportaban el calor de Santa Marta. Eran de Boyacá, de la montaña. En los alrededores de mi casa había ciruelos. Les bajaba las frutas. Eso era lo que comían. ¡Pobres soldaditos! 


Clementina Cayón,
Madre de Bateman.
Dos semanas después del nueve de abril cumpliría ocho años. Entonces, ya sabía yo quién era Gaitán. En mi casa se discutía mucho de política. Mi mamá ha sido activista liberal toda su vida. Desde pequeño me interesé por Gaitán. Lo oía... Me impresionó mucho su muerte. 

A Gaitán lo asesinó la oligarquía. Y lo mató porque él quería instaurar la democracia. Gaitán había logrado revivir el movimiento popular, el cual estaba adquiriendo dimensiones impredecibles. Y eso amenazaba los intereses de la oligarquía conservadora que detentaba entonces el poder. Gaitán despertó en el pueblo expectativas de triunfo. Le enseñó que, un día, el poder de los pobres triunfaría sobre el poder de los ricos... Y así iba a ocurrir... Por eso lo mataron... Por eso el Gobierno de Ospina Pérez ahogó el movimiento de masas. Por eso armó su policía política. Por eso desalojaron a los campesinos de sus tierras. Por eso se empuñaron las armas. Por eso murieron trescientos mil colombianos... Por eso han seguido muriendo... Por eso morirán otros... Por eso, quizás, moriremos nosotros... Porque en este país no hay democracia. Porque aquí la democracia tendremos que conquistarla con las armas. 

Y en ese momento, cuando asesinaron a Gaitán, la respuesta popular fue violenta. Y así tenía que ser. Pero fue una respuesta desorgani¬zada. Los jefes liberales no se colocaron a la cabeza de la insurrección. No derrocaron al Gobierno que estaba asesinando al pueblo liberal. No fueron capaces de responderle a la masa que los apoyaba entonces. ¡Pero es que ellos no podían hacerlo! De haberle respondido, hubieran atentado contra los intereses de su clase. Hubieran colaborado con el triunfo de los pobres, del pueblo. Y al día siguiente del asesinato de Gaitán, cuando las casas incendiadas humeaban todavía, cuando la gente, a la deriva, había ahogado en alcohol su desconcierto, Darío Echandía, amigo personal y político de Gaitán, era el nuevo ministro de Gobierno. Y se intensificó la violencia. Y fue una violencia inducida desde arriba, como decía Camilo. ¡Este tema se ha analizado tanto! Pero creo que cuando el pueblo liberal se mata con el pueblo conservador es porque hay algo detrás. ¡Y no eran los oligarcas los que se mataban! Eran los humildes. ¡Y no era el pueblo el que incitaba a la violencia! Eran los de arriba. Sospechosa maniobra, ¿cierto? El sectarismo los ayudaba a conseguir adeptos, a conseguir tierras. Ahí están las cifras que demuestran cómo, durante ese período, cambió en Colombia la tenencia de la tierra a una velocidad vertiginosa. Cientos de miles de campesinos fueron despojados de sus tierras. Cientos de miles fueron asesinados. Cientos de miles... Es que esta oligarquía es capaz de recurrir a cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. Y recurrió a la violencia... 

Laureano Gómez y Alberto Lleras.
Pero esa violencia iba a salírseles de las manos. Iba a conducir a otra solución. Por eso tenían que detenerla. Y cuando Rojas Pinilla dio el golpe militar, cundió el júbilo entre la oligarquía liberal. Y el ex presidente Santos brindó con champaña en su casa de París. Pero Rojas comenzó a darle cosas a la gente, cosas... Eso puede ser populismo, lo que se quiera, pero la gente se acuerda de las cosas, las cosas. Y el pueblo lo que más recuerda del Gobierno de Rojas fue lo que hizo su hija María Eugenia. Ella les repartía alimentos a los pobres, ropa, les regalaba en Navidad juguetes a los niños, ayudaba a los ancianos. Eso no iba a cambiar la estructura del Estado, obvio. Pero era mucho más fácil de palpar que lo que habían hecho otros gobiernos. Y la oligarquía le retiró su apoyo a Rojas. Rojas se dio cuenta, entonces, de que necesitaba el apoyo de un partido político diferente del liberal y del conservador. El iba ya hacia la conformación de lo que fue poste¬riormente la ANAPO: un tercer partido destinado a romper la hegemonía de los otros dos, hegemonía oligárquica, plutocrática, que no estaba respaldada por el pueblo liberal ni tampoco por el conservador, hegemonía de un sector muy reducido, muy cerrado de la sociedad colombiana, hegemonía de siempre... 

El General Rojas Pinilla al centro.
Y la oligarquía liberal y la oligarquía conservadora se sintieron entonces viudas del poder. Y se unieron con una facilidad increíble. Y organizaron el derrocamiento de Rojas Pinilla. Y pactaron la alternación en el poder: el Frente Nacional. Y el Partido Liberal y el Partido Conservador se repartieron el poder por la mitad. Y saciaron así sus apetitos burocráticos. Y apren¬dieron a gobernar unidos. Y creyeron haber descubierto la fórmula para reinar por los siglos de los siglos... 



Y decretaron el silencio... 

Nuestra casa quedaba detrás del mar. Era grande. La rodeaban prados y campos de golf. Pero no era nuestra. Pertenecía a la United Fruit Company. Estaba dentro de “El Prado”, la ciudadela de los gringos. Nosotros no podíamos jugar golf en sus campos, ni bañarnos en sus piscinas, ni bailar en sus clubes. Eso sólo podían hacerlo ellos. Los gringos comían mejor que nosotros. A nosotros nos daban la misma comida que a sus perros. 

Igual ocurría antes, cuando vivíamos en Guacamayal, un pueblo de la zona bananera. Mi papá era secretario de la Compañía Agrícola del Magdalena. En Sevilla, una aldea próspera y cercana, vivían los gringos. En Guacamayal vivíamos nosotros. Ellos tenían clubes, piscinas, teatros. Pero allá tampoco podíamos ir. Permanecíamos entonces en nuestra casa blanca de puertas y ventanas verdes. 

Para llegar al inodoro, un cajón a la intemperie, había que atravesar un patio lleno de palmas de coco, de cauchos y de almendros. En el mismo lugar vive hoy el dentista de ese pueblo polvoriento. Allá, los huecos de las muelas siguen emparejándose con su fresa de pedal implacable. Como hoy, también antes desfilaba por el frente de la casa la burra que arrastraba el acueducto del pueblo: una caneca de lata oxidada colocada horizontalmente sobre dos horquetas rematadas por ruedas. Al otro extremo de la caneca, un orificio tapado por un frasco de jarabe para la tos servía de grifo: cuando las señoras se acercaban con sus calderos viejos para llenarlos de agua comprada, el hombre retiraba el frasco, y el chorro oscuro de agua extraída del río que hoy todavía corre enfrente de la antigua casa brotaba entonces. Es el río Guacamayal. Todos los días, a las cuatro de la tarde, el tren lo atravesaba por ese puente que yo veía enorme. En sus orillas permanecía horas enteras... No me cansaba de mirar cómo se abombaban por encima del agua los vestidos de las lavanderas que se hundían mientras golpeaban la ropa espumosa con sus manducos largos, planos, de madera. Luego desfilaban por el frente de mi casa sosteniendo con las manos, sobre sus cabezas, las bateas llenas de ropa limpia. Sus vestidos empapados se pegaban a sus cuerpos de mujer.

Recuerdo la época de Rojas Pinilla...

(Continúa en unos días...)

Tomado de "Siembra Vientos y Recogerás Tempestades" de Patricia Lara.


Otras Publicaciones:

Julián Conrado le escribe al Mov. Jaime Bateman:
http://movimientojaimebatemancayon.blogspot.com/2011/12/carta-de-julian-conrado-al-movimiento.html


El lápiz del estudiante:

Los malvados no cantan:


viernes, 6 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: La mítica Casa Verde 3 parte


Entrega Doce de "Relatos de la Violencia"

 La mítica "Casa Verde" (Parte 3 de 3 Final)


Manuel Marulanda e Iván Marino Ospina
Unos meses después hicimos las entrevistas con Isauro Yosa, alias Mayor Lister, y con Eusebio Prada. Desde el tiempo en que andábamos recogiendo el material que sirvió de base para escribir Siguiendo el corte, nos habíamos encontrados con estos nombres y los teníamos, digamos, en la mira. Sabíamos que Isauro vivía en el Alto Ariari y que Prada andaba escondido después de un atentado al que sobrevivió milagrosamente. Un viejo militante del Partido Comunista, Gerardo González, que conocimos en el Primer Foro sobre La Macarena llevado a cabo en Vista Hermosa, en el año 85, nos hizo la relación.

Conocimos en uno de los barrios que rodeaba a Soacha a Isauro Yosa. Tendría en ese momento unos sesenta años y sufría de los riñones, mal que terminó llevándolo a la tumba a principios de 1994. Tenía un cuerpo robusto que debió ser fuerte pero no ágil. Hablaba con mucho cuidado, midiendo cada palabra, pero poco a poco fue dejándonos ver su alma. Le prometí regresar cuando hubiera terminado el texto preliminar. Nunca le cumplí la promesa.

A Eusebio Prada lo entrevistamos en Bogotá. Vivía con Teresita, su mujer. Él estaba todavía convaleciente y acababa de regresar de Alemania Oriental, donde le habían sacado cuatro de los cinco proyectiles que un sicario le clavó en el cuerpo cuando se exterminaba, a los ojos de todos los colombianos y del gobierno, a la UP (Unión Patriótica). Prada es un hombre al que se le toca el fondo con rapidez porque se abre con generosidad. Hablamos mucho tiempo. Una gran parte la dedicó, como es explicable, a contarnos el atentado. Él es el Mono Mejías. Su vida en el relato de “El camino de los huyentes” es contada por el Mono Jojoy, a quien conocimos en El Confín, saliendo de La Caucha. Conversamos con él mientras nos preparaban el almuerzo. Es uno de esos guerrilleros que pertenecen por estirpe a la guerra. Hijo de un guerrillero de Juan de la Cruz Varela, nació, creció y ha vivido siempre en la guerra. Es oriundo del Sumapaz y fue uno de los huyentes que engrosaron la Columna de Marcha hacia el Duda, dirigidos por Eusebio Prada. Dicen que es el sucesor de Marulanda. Se ofrecen hoy quinientos millones de pesos por él.

Dos años después volvimos al Secretariado. La relación oficial con la Coordinadora Guerrillera se deterioró durante el gobierno de Barco, que centró todo su esfuerzo de paz con el M-19. Con Gaviria y la Constituyente se abrió una esperanza de paz que poco a poco se fue agotando. La desmovilización a cambio de la participación en la Asamblea Constituyente era un negocio muy difícil, y más si se tiene en cuenta que el tiempo que había para hacerlo resultaba muy corto. Pero todavía unos meses antes de la votación para la Asamblea Constituyente muchos acariciábamos la ilusión de ver a la CGSB (Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar) en el recinto de sesiones defendiendo sus tesis políticas. El clima que vivíamos era propicio para una negociación exitosa. El país hubiera sellado el acuerdo con una ovación cerrada.

Con la esperanza –que hoy reconozco pretenciosa e ingenua- de acercar las distancias entre las Consejería de Paz y la Coordinadora, organizamos un segundo viaje al Secretariado. Consulté, al título personal, mis intenciones a la Consejería y decidí meterme al Sumapaz, una vez más, sin autorización alguna, ni de uno ni de otro bando. Usamos el mismo método anterior: recorrimos a partir de Cabrera el camino que ya conocíamos, hasta que la guerrilla nos paró; muy cerca de la Cabecera del Plan, donde llegamos el primero de noviembre de 1990, un mes antes de la votación para escoger candidatos a la Constituyente. Entre el morral llevábamos las transcripciones de las entrevistas que habíamos hecho en el primer viaje. La patrulla que nos detuvo se comunicó con Alfonso y nos dieron además del visto bueno para continuar el camino, cinco bestias excelentes. No olvidaré la mía, llamada El Conejo, que había sido de Jacobo. Un caballito alazán muy atento y memorioso. En tres jornadas estuvimos en Ucrania, que ya conocíamos. Cerca se había construido El Pueblito, sede del secretariado: unas diez casas de madera con luz eléctrica  generada por la rueda Pelton de Marulanda. En el centro está todavía –ya que el ejército la ha respetado- la tumba de Jacobo. Un mausoleo, para nuestro gusto un tanto pasado de moda, que en el momento en que llegamos, tenía guardia de honor permanente. Alfonso salió a recibirnos como la primera vez, y pronto nos encontramos en su casa discutiendo la importancia de la Constituyente y la posibilidad de que la Coordinadora Guerrillera participara.

Al día siguiente nos recibió Marulanda. La conversación giró en torno a la muerte de Jacobo y al vacío que había dejado. Lo notamos muy golpeado, y no nos quiso abrir la ventana para discutir el asunto de la participación en la Constituyente de la desmovilización. Estando en esas oímos un helicóptero muy cerca. Hubo revuelo general dentro de un gran control. Marulanda siguió hablando, pero se notaba que tenía una oreja en el motor del aparato. El ruido se fue haciendo cada vez más fuerte hasta oír las aspas justo encima de nosotros. Marulanda se apartó del grupo, nos pidió excusas, habló por radio-teléfono y miró desde una lomita el Black Huck sin inmutarse. Luego regresó y nos dijo: “Están con ganas de meterse” El helicóptero se alejó y dio por terminada la entrevista. Antes de despedirnos le conté que llevábamos la transcripción de la grabación para que él la conociera. Me dijo: “Si es una transcripción, ¿para qué revisarla? Lo que dije lo dije. Yo no cambio de historia cada año”.

Alfonso nos sugirió que saliéramos cuanto antes porque esperaban un bombardeo de un momento a otro. Esa noche nos mostraron un video, llamado “Aquí estamos, Putumayo”, sobre un ataque de la guerrilla a los campos paramilitares de El Azul en el río Putumayo. Nos pareció un elogio a la violencia, pero además, mostraba a la guerrilla marchando a paso de ganso como si fuera tropas soviéticas o nazis. Con franqueza y evidente fastidio se lo dijimos a Cano. Quedó en silencio un rato y nos respondió con tristeza: “Es que la guerra es monstruosa”.  

Salimos de El Pueblito hacia las ocho de la mañana del día siguiente. Nos esperaban tres días de camino. Habíamos andado una hora cuando vimos un avión negro frente a nosotros, a una distancia no mayor de dos o tres kilómetros. Nuestros guías gritaron: “Es el marrano. ¡Al suelo!” Como pudimos nos tiramos de los caballos y corrimos para cualquier lado. En ese momento se oyeron las primeras bombas. En medio del desconcierto me tiré a un hueco que resultó ser una trinchera. Una vez se calmaron las cosas, tuve que –abochornado e impotente- pedir ayuda para salir. Los guerrilleros no podían de la risa al ver mi torpeza.

El amago de bombardeo renovó nuestra intención de abandonar a marchas forzadas la zona. Lo que se veía venir era grande. Dos horas después el avión volvió con su cargamento de bombas y de terror. Llegando a Casa Verde volvimos a escuchar los totazos. Un guerrillero nos comentó: “Parece que comenzó la fiesta”. El ruido de las bombas nos siguió, cada vez más débil e intermitente, hasta que coronamos el páramo. Allá el silencio continuaba reinando majestuoso.

La noche cayó cuando entrábamos a la Cabecera del Plan y allí dormimos. Serían las tres de la mañana cuando llegaron jadeantes dos guerrilleros. Pidieron permiso y se acomodaron en el suelo. Uno de nuestros guías les preguntó cómo estaban las cosas por allá abajo, es decir, hacia Cabrera. La respuesta nos heló a los que estábamos despiertos: “Pues hermano –respondió uno de los recién llegados-, eso está lleno de chulos. Dicen que hay comisiones que vienen hacia el Plan y otras que van hacia el Duda”. La noche, pues, se acabó. Fernando y yo nos levantamos a esperar la invasión a pie. Los guerrilleros, no obstante, siguieron durmiendo. A las cinco estábamos ensillando y a las seis salimos. Esperábamos encontramos con el ejército en cualquier momento. Decidimos no salir por Cabrera sino por San Juan de Sumapaz, a donde llegamos cuando el bus de la una de la tarde estaba saliendo. A las cinco estábamos en territorio conocido, la avenida Primera de Mayo.

Atrás quedaban nuestra ilusión de paz y el miedo a los bombardeos. Adelante nos esperaba la guerra integral que el gobierno de César Gaviria declararía unos meses después.

Bogotá, octubre de 1992. 
Alfredo Molano.


(Tomado de "Trochas y Fusiles" del sociólogo Alfredo Molano Bravo)


Otras Publicaciones:

La mítica Casa verde Parte 1:


La mítica Casa Verde Parte 2:

Julián Conrado le escribe al Mov. Jaime Bateman:





lunes, 2 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: La mítica Casa Verde - Alfredo Molano


Décima entrega de "Relatos de la Violencia"

La mítica "Casa Verde" (Parte 1 de 3)


Llegamos a la célebre Casa Verde. No nos detuvimos porque nuestros guías tenían el tiempo contado. Al atardecer subimos la cuesta más empinada de todo el trayecto y luego caímos abruptamente sobre un llanito donde se agrupaban cuatro casas hechas de madera y zinc. Tan pronto nos detuvimos se acercó un guerrillero que identificamos al instante. Se trataba de Braulio Herrera. Los guías le hicieron un saludo militar y le dijeron: “Permiso, mi camarada, para informar la misión cumplida sin novedad”. “Gracias, compañeros”, respondió Braulio, y dirigiéndose a nosotros, nos saludó con mucha afabilidad. Hablamos, claro está, del viaje sin atrevernos a preguntarle si la actividad que habíamos visto era normal o,por el contrario, algo excepcional, hasta que él nos sacó de dudas: “Estamos cambiando de casa porque aquí en la Caucha –tal era el nombre del sitio la que habíamos llegado- se acabó la leña para cocinar y Marulanda prohibió que se siguieran tumbando palos en el páramo”. La explicación nos dejó más intrigados aún. Entonces, nos preguntábamos con los ojos, ¿cuántos guerrilleros son para haber acabado con un bosque sólo para cocinar? Y más al fondo: ¿quién es Marulanda, el que manda hacer tal movilización para no acabar de dañar los páramos?

Estábamos haciéndonos estas preguntas cuando nos pillamos, con el rabo del ojo, que nos miraban con mucho detenimiento desde una de las casas vecinas al sitio en que conversábamos con Braulio. Se trataba del mismísimo Marulanda. Tenía una toalla amarrada a la cabeza, verde oliva, de marca Ives Saint Laurent, vestía de civil y no llevaba armas. Se acercó y nos preguntó “¿Y qué los trajo por aquí tan lejos?” “No, pues queríamos conocerlo y saludar a Alfonso”, le respondimos con timidez. “Pues muy bueno, pues así se dan cuenta quiénes somos, ¿no? Camarada –dijo dirigiéndose a Braulio-, vamos a buscar a Cano, y que acomoden esta gente abajo, en el salón de conferencias”.

El sitio adonde habíamos llegado quedaba más alto que el campamento general y constituía, digamos, el barrio de Manuel. Además de su propia casa, donde vivía con Sandra, su esposa, estaba la casa de Braulio, la de Joselo, el compadre que lo acompañó desde los años cincuentas, y la casa de los escoltas personales. Más abajo estaba el cuarte donde vivían Jacobo, Alfonso Cano, Raúl Reyes y Timoleón. Estaban también los cuarteles de hombres y mujeres, la plaza de armas, la rancha o cocina, los baños, las caballerizas, el salón de actos y el citado salón de conferencias. Vale decir que la cocina de Jacobo era personal.

Nos salió a recibir Alfonso Cano con el uniforme bien planchado y las botas de cuero, brillantes. Nos abrazó muy fraternalmente mientras nos decía: “Me alegro mucho de verlos. ¿Cómo los trataron?” Su acento bogotano nos hizo sentir en la Avenida Chile. Ya en confianza y sin que Marulanda se diera cuenta, le preguntamos: “Hombre, Guillermo, ¿y qué bajan en esas cajas de madera?” Nos respondió riéndose: “La biblioteca de Jacobo”. Nos invitó a saludarlo y a conversar con él.


Jacobo vivía en el segundo nivel de una serie de alcobas que rodeaban el salón de actos. Su apartamento-oficina lo vigilaban dos guerrilleros armados con R-15 que nos evocaron los guardias que cuidaban la tumba de Lenin en Moscú. No se movían de su sitio, ni siquiera pestañeaban. Tenían algo de solemne y de ridículo al mismo tiempo. De golpe se abrió una de las puertas del segundo piso y salió una carcajada seguida de Jacobo. A pesar de haberlo visto mil veces en fotografía y de ser –digamos- una figura familiar, tuve la impresión fugaz de no saber quién era ese hombre que nos saludaba desde arriba preguntándonos por lo que en ese momento comenzaba a dolernos: las peladuras en la entrepierna, producidas por los tres días a caballo. A renglón seguido gritó: “Esa vaina se les quita con manteca de riñonada. Mañana matan” Hay que decirle a l compañero que le saque la grasa al riñón de la res”. Nos invitó a seguir y, una vez sentado alrededor de su mesa de trabajo –puesto de mando-, le pidió a Olguita, su compañera, que nos destapara una botella de Remy Martin. Ella cumplió la orden mientras nosotros nos detallábamos embelesados todo lo que Jacobo tenía sobre la mesa: una pistola Beretta desarmada, una linterna de rayos ultravioletas, dos cápsulas para escopeta, una foto de él montando a caballo, una foto de Rosa Luxemgurgo, una florero con flores de arrayán, un vaso de cristal, unos binóculos, una bufanda roja, piedritas de muchos tamaños y colores y un estilógrafo que, nos explicó, era una bomba con explosivo plástico que habían desactivado en el jeep de Pardo Leal días antes de que fuera asesinado.

Pero si la mesa tenía cosas extrañas, el cuarto era aún más atractivo: una colección de armas dentro de las cuales pudimos distinguir una metralleta Thompson, de las que usaba Al Capone en Chicago, una mini-uzzi, un fusil Grass de la Guerra de los Mil Días y otros aparatos que no distinguimos. Tenía también una pesa para contar billetes, una curubas, unos mangos, una cafetera que no le vimos usar y una percha con diez bufandas y diez cachuchas.

Abierta la botella nos sirvió medio vaso a cada uno; él se excusó de beber “por cuanto me tienen recetado. Pero eso no importa. Beban, que para eso lo traemos directamente de la bella y lejana Francia”. Sabíamos que estábamos frente a un hombre extraño, y en el curso de la conversación nos mostró que no estábamos equivocados. Jacobo no podía hablar de una sola cosa, hablaba de todas al tiempo. Hacerle una entrevista resultaba imposible. Sabía demás muchas cosas. Saltaba con versatilidad del cultivo de papa en el páramo al problema de las regalías petroleras, de una emboscada hecha en Quipile en el año 52 a los mecanismos legales para decretar una amnistía. Era una mezcla muy seductora de general conservador de la Guerra de los Mil Días, terrorista ruso anterior a la revolución de 1905, monje benedictino, anarquista español, áulico de María Cano, terrateniente de páramo, filipichín de los años veintes y guerrillero liberal. Era sin duda todo eso. Hablaba como si estuviera echando un discurso en la Cámara de Representantes y luego como si estuviera dictando una cátedra en la universidad. Por momento parecía respondiendo una entrevista a un periodista de Le Monde. Podía gritar como un capitán de caballería en medio del combate, o adelgazar la voz como confesor de viudas ricas. Sin duda uno de los personajes más atrayentes y contradictorios que haya conocido.

Hablaba disparado. Pedía tinto, conversaba por radio-teléfono con Álvaro Leyva, con Rafael Pardo, con el Cura Pérez, con Carlos Ossa. Volvía a sentarse y nos contaba que una vez, en una travesía por la Serranía de La Macarena, en medio de la selva, se les apareció un perro, “pero era un perro salvaje, un ejemplar de clase, alto, de ojos azul profundo, un bello animal. Yo me quedé extasiado mirando. ¡Qué porte! ¡Qué clase! Estaba yo contemplándolo, cuando en esas y el comandante de la guerrilla, un campesino bárbaro, saca tamaño pistolón y le da tres tiros. Yo sólo alcancé a decirle: no, no sea bruto, no lo mate. Es que en la guerrilla nos hace falta mucha educación. Mi lucha por hacerles comprender a los guerrilleros la importancia de la naturaleza es constante y a veces hasta inútil. Le disparan a todo”.

El tema nos dio oportunidad para plantearle una tendencia que habíamos observado en muchas zonas de bonanza: la de que los comandantes suelen ser muy fáciles de sobornar, como cualquier autoridad oficial. Muchos ganaderos, comerciantes de coca, terratenientes, transportadores, ponen a su favor a la guerrilla comprando al comandante. Nos miró en silencio, con esas gafas gruesas y verdes que usaba, que parecían una muralla, se paró, trajo una caja grande y la abrió: eran joyas, aparentemente finas, relojes dorados, dijes, anillos, cadenas. Nos dijo: “Todas esas vainas han sido confiscadas a comandantes. Tengo prohibido esa vagabundería de recibir regalos. El oro a todos corrompe. Acabamos de estatuir la Orden de Marquetalia y voy a manda a fundir todas estas arepas para hacer condecoraciones y así cambiar el vicio de recibir sobornos en oro por el de ganarse el oro combatiendo. Se les da una arepa de oro en forma de gran cruz por sus méritos y nos sacamos la corrupción de encima. La gana que despierta el oro es de todo ser humano; la astucia está en saber manejar ese instinto”.

Después de almorzar nos dijo que nos veríamos en la noche. Olga le tenía preparada el agua tibia para bañarse. Se disculpó diciéndonos que a su edad el frío era un enemigo. “Por eso nostrastiamos con los chécheres para tierra caliente. Estos páramos son para los jóvenes”.

Alfonso, que había permanecido en silencio todo el tiempo, nos condujo al salón de conferencias donde íbamos a dormir. Era una alcoba grande, que tenía sobre las paredes varios mapas de las batallas de Bolívar tomados de la obra de Álvaro Valencia Tovar, El ser guerrero del Libertador. Jacobo dictaba a los comandantes recién graduados en la Escuela Militar Guerrillera una serie de conferencias que él llamaba “Cátedra Bolivariana”. Era un gran lector, un hombre instruido, pero ante todo un animal político de combate. Le interesaba, no obstante, sólo lo que le servía en su lucha contra el establecimiento. Fue en su juventud obrero petrolero y como tal participó el 9 de abril de 1948 en la toma de la alcaldía y en la formación de un gobierno local que se llamó la Comuna de Barranca, dirigida entre otros por Apolinar Díaz Callejas y por Rafael Rangel, un célebre guerrillero liberal. La comuna duró en el poder más de dos semanas, hasta que el ejército nacional la cercó y obligó a un acuerdo desfavorable para los insurrectos. Jacobo se unió a las fuerzas guerrilleras que organizó Rangel y con él empezó a pelar contra el gobierno conservador. Un tiempo después apareció como comandante guerrillero en la zona de Quilipe, Cambao, Puerto Nariño. 

Días después se volvió a tener noticias de él en la Guerra de Villarica, donde usaba el nombre de Luis Morantes. Es posible que en esa época se hubiera encontrado con Marulanda en el sur del Tolima, donde los comunistas tenían una importante base política desde los años veintes, como se refiere en el relato de El Davis. De nuevo se encontró con Tirofijo en Marquetalia, y desde esa fecha en adelante no se volvieron a separar


(Tomado de "Trochas y Fusiles del sociólogo Alfredo Molano Bravo)


Continúa en unos días...

jueves, 29 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Tanja Nijmeijer: La muerte del Mono Jojoy

Novena entrega de "Relatos de la Violencia"


Relato de Tanja Nijmeijer, la Holandesa de las FARC, sobre la muerte del Mono Jojoy



 

Los días transcurrían con tranquilidad, nosotros estábamos trabajando normal. El Mono Jojoy nos daba charlas en el aula por la mañana, a veces por la tarde también. Me acuerdo que el día antes del bombardeo habíamos visto una película colombiana, Retrato de Mentiras o algo así. Trabajábamos sobre todo haciendo trincheras pues había mucho sobrevuelos de la aviación. Al flanco derecho y al flanco izquierdo del campamento se escuchaba mucho plomo, pero el Mono decía que él no se iba a salir de ahí. Estaba dirigiendo personalmente las peleas.

A veces faltaba el dulce, a veces el café, pero estábamos bien abastecidos. Preciso por esos días habían llegado cigarrillos y los fumadores andábamos contentos.

En esos días, la diabetes tenía al Mono bastante mal. Estaba muy enfermo, mas sin embargo nunca se dejaba achicopalar por la enfermedad. Recibía a los mandos, hacía reuniones de mandos y nos daba las orientaciones. Por las tardes se dedicaba a la orquesta que había creado unas semanas atrás. La orquesta llegaba hasta su oficina y ahí se ponían a componer y a ensayar nuevas canciones. El escuchaba y cantaba. Desde mi caleta yo lo oía cantar todas las tardes.

También andaba por el campamento pero se le notaba el esfuerzo que le tocaba hacer. Se movía para todos lados con una silla de esas de plástico. Llegaba a la rancha y ponía su silla y ahí se sentaba a joder a la gente; se iba para otro lugar y otra vez se sentaba a recochar. Pero todo eso era dentro del campamento porque él ya no podía marchar.

Durante la última marcha que hicimos, en junio del 2010, a él tocó cargarlo en hamaca. Me acuerdo que cuando llegamos a nuestro destino, yo me quedé esperando a que él pasara y me di cuenta que lo estaban cargando en hamaca y a mí me impresionó mucho eso, no sólo porque era el comandante, sino porque habíamos cruzado los terrenos más imposibles y peligrosos a su lado. Verlo en hamaca a mí me dio muy duro. Cuando pasó por donde yo estaba, seguro él se dio cuenta de mi asombro y levantó el puño y me gritó: “!vamos por la Copa, Holanda!”, por lo que estábamos en semifinales del Mundial de Fútbol.

En las semanas anteriores al bombardeo, cada nadita hacíamos simulacros en las trincheras. El Mono nos había anunciado que se venían bombardeos masivos contra la Serranía de La Macarena, así que los ensayos eran permanentes. Usted se acuesta, de repente llaman y usted se mete lo más pronto posible a la trinchera con fusil y con pecheras. La noche anterior al bombardeo hicimos esa maniobra tres veces. 

La tarde del 20 de septiembre habíamos tenido una reunión de los secretarios. Me acosté, hubo un ensayo de trinchera, me volví a acostar y me levanté más tarde a pagar la guardia. Esa noche me tocó el tercer turno, de 10 a 12. Durante el turno todo estaba normal. Pasó un avión pero todo estaba normal. Me acosté a las 12 de la noche y a las dos de la mañana una bomba me despertó. Aunque no había caído muy cerquita de mi caleta, la bomba me despertó y yo me metí de una a la trinchera, con cobija y todo, pero sin botas, porque después de la primera cayeron tres más, una detrás de la otra. Después se hizo un corto silencio y yo salí de la trinchera, me puse las botas, las pecheras y el fusil y me volví a meter a la trinchera con rabia pues no había podido encontrar mis lentes de contacto. De repente empezó el bombardeo masivo. Desde el comienzo se notó que todo el fuego estaba concentrado en el búnker del camarada Jorge. Ese búnker quedaba como a 25 metros de la escuadra de nosotros. Todo el fuego iba concentrado ahí, las primeras cochadas de bombas. Entre bomba y bomba yo trataba de mirar pero no se veía nada, solo se escuchaba cacarear a una gallina herida. Cuando ya pasó el bombardeo masivo contra la caleta del Camarada, comenzaron a bombardear a las escuadras; la última cochada de bombas yo nunca la voy a olvidar porque una cayó a unos cuatro o cinco metros de mi caleta. 

Entre cochada y cochada nosotros escuchábamos gritar al Mono. Él quedó vivo después de las primeras bombas. Llamaba a Quino, su oficial de servicio, quien también murió esa madrugada, y le decía: “!Quino, saque a la gente, saque a la gente! Esas fueron las últimas palabras del Mono. Ahí está pintado él: Quino, saque a la gente!... 

Después de las últimas bombas, yo estaba un poco sorda. Tenía el cuerpo dormido de la cintura para arriba. Me hormigueaban las manos, los brazos, todo. En la trinchera hacía un calor insoportable, entonces yo saqué la cabeza y pensé en sacar mis cosas, mi equipo, y ahí me di cuenta de que ya no había nada. Donde estaba mi caleta ya no había nada. Un palo grande y negro había caído encima. Saqué la cabeza un poquito más y vi la caleta del Mono. Eso parecía, -como le dijera yo- un pastal, un cultivo: ya no había árboles, no había matas, todo había quedado arrasado. Todo estaba negro y se miraban llamas por aquí, por allá… 

Cuando salí de la trinchera dije: menos mal tengo mi fusil y tengo mis pecheras, así que nos vamos. El comandante de mi escuadra nos estaba llamando a todos y nosotros respondimos, así que dio la orden: ¡Vámonos saliendo, muchachos! Salimos por un filo. Éramos 17, el bombardeo ya había pasado pero entonces comenzaron a ametrallarnos. Seguimos subiendo como una hora y media hasta que coronamos el filo y ahí me puse debajo de una roca. Saqué mis lentes de contacto, me los puse y por fin me sentí lista pa las que fuera. 

Una parte de la escuadra se devolvió a pelear. Trataban de impedir que el ejército desembarcara en el campamento, mientras otros nos dedicamos a evacuar a los heridos, a sacar economía, munición…Duramos casi todo el día en esas. 

En los siguientes días nunca salimos del área de combate. Escuchábamos los aviones, escuchábamos las peleas y casi no oíamos radio. Estábamos dedicados a tareas militares. En las exploraciones a veces encontrábamos panfletos que decían: “Murió el terror de La Macarena, ya Alfonso Cano lo está pensando, usted que va a hacer?”. A nosotros nos daba risa. A los que botaban los panfletos se les olvidó que los guerrilleros tenemos una consigna: los muertos no se lloran, su memoria se lleva al próximo combate. Lo que se miraba en esos días era esas ganas de la gente de salir a pelear. 

Después, con el paso de los días, a la gente le llegó la tristeza. No mira que él anduvo tantos años con nosotros? Que para muchos era como un padre…

Tomado de: http://confidencialcolombia.com/4956.html

lunes, 26 de diciembre de 2011

Relatos de la violencia: Melisa, historia de una guerrera 4 parte

Octava entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 4 de 4 Final)


Llegar al Secretariado es ambición de todo guerrillero. Allá viven hombres que uno ha soñado conocer porque se nombran todo el día y porque de muchas maneras uno depende de ellos.De Ipiales viajé a Neiva a ver a los niños, y luego me enfleté para Bogotá, hice los contactos y salí por Fusagasugá para Cabrera. Me esperaban una compañera y las botas de caucho para subir al páramo, atravesarlo y caer, tres días después de haber salido, a La Caucha, donde aquel entonces había uno de los campamentos del Secretariado. Aunque estaba desacostumbrada a caminar, volví a coger el ritmo muy pronto y, como llevaba tanto impulso, nada se me hizo feo ni largo. Llegamos de noche.  Nos recibió Benítez, que había sido el comandante del séptimo y ahora era jefe de escoltas de Jacobo.
A Jacobo yo le tenía miedo. Me habían contado tantas cosas de él y tenía tanto poder, que uno a veces dudaba de que existiera. Cuando lo vi por primera vez me pareció que lo conocía desde hacía muchos años. Preguntó si yo era Melisa. Me presenté y me puse a sus órdenes. Me dijo: “Ala, china, primero descansa y después hablamos, porque hay mucha cosa por allá en las zonas del Cauca”. Así era. Mientras yo estuve en Quito sucedió el mierdero ese con los Francos y los asesinatos de Tacueyó, hechos por Delgado. Yo algo sabía porque me habían contado y porque conocí algunos personajes de la historia. Alguna vez vi al mismo Delgado, un hombre buen mozo, muy nombrado para todo, que manejaba una red urbana y sabía mucho de organización. En una época fue el niño consentido de Jacobo. Le gustaba la plata y con ella lo compraron: le gustaba el poder y con él lo conquistaron. Tan pronto vio la papaya de tomarse el mando lo hizo. Plata y poder. Vendió a todos sus amigos y traicionó al resto. Cuando se sintió acorralado, decidió acabar con todo. Se envició a la sangre, que es la medio hermana del dinero y del poder, y cuando vio que no le resultaban sus planes se enloqueció.

Comenzó a matar a sus enemigos –a los que él creía sus enemigos- y luego el círculo se le amplió hasta que abarcó a sus amigos, uno por uno. Pero tanto muerto coge fuerza y para vencerla se necesitan más muertos y más muertos. Así hasta que acabó con medio movimiento. Cada muerto traía al siguiente, y para borrarlo tenía que matar a otro y a otro, así hasta el final. Una matazón. Delgado le hizo más daño en un año al movimiento que todo el ejército junto durante cuarenta. Jacobo estaba enterado de todo, al milímetro. Hacía que uno le contara el mismo cuento varias veces. Yo le conté lo que sabía de Tacueyó: Delgado acabó primero con los de Cali, grupo por grupo, y después siguió con los de Medellín, también grupo por grupo. Cuando acabó, se perdió.

Jacobo me dijo que necesitaba que fuera hasta Tierradentro en un fin de semana y regresara antes del martes. Así lo hice. Salí el viernes a Bogotá, el sábado cogí el avión hasta Neiva, el domingo llegué a Tierradentro, el lunes estaba de regreso y el martes en el Sumapaz, donde me esperaba el viejo. Yo creo que era por probarme, porque después me cogió una gran confianza.

Jacobo me mandó a hacer un curso rápido en la Escuela Nacional de Cuadros. Un sitio feo por lo barrancoso y lo frío. Lo llamábamos El Hueco porque allá nunca entraba el sol.  Desde que entré hasta que salí, Jacobo no hizo más que recochar conmigo mandándome unas cartas que empezaban: “Cuando los caobos son rojos…”, y terminaban: “cuídate, muñequita de almíbar”. Pero no sólo cartas me mandaba, sino ropa limpia y mecato, que yo compartía con mis compañeros de curso. Él se daba mañanas para hacerme llegar uniformes secos y limpios, porque sabía que uno en ese hueco se mantenía todo húmedo. Él era muy vanidoso y le gustaban las buenas cosas. No tomaba sino Remy Martin y fumaba Kool; mandaba hacer sus camisas y sus chompas. Cuando Jacobo mandaba traer telas, se sabía que había que pedir en el almacén lo más escandaloso y chillón que hubiera.

Usaba unas guayaberas que no era capaz de ponérselas sino él: atigradas, verdes con morado, doradas, plateadas. Se encaprichaba con las  cosas más raras: una máquina para contar dólares que había visto anunciada en una revista japonesa; unas arepas que vendían en Anolaima y que llaman “Mocosas”; una reproductora de casetes marca Sony, una grabadora Aiwa 206, libretas de tránsito para topografía, curubas de Santa Sofía, Boyacá; fríjoles de Ubaté. En fin, difícil. Jodía mucho con su dentadura, que era una caja grandísima. Mandaba subir al dentista para no quedarse sin dientes. Una vez que el dentista se dio cuenta de que le estaban sacando espinillas, le dijo que era mejor la pomada peña. Mandó traer dos docenas y se untó una caja entera un día que salió al páramo. Se quemó todo y quedó como un caratejo casi un mes por vanidoso. Yo lo llegué a querer mucho, era como mi papá. Me gustaba pillarle las novias. Yo sabía que cuando dormía solo, la cama le amanecía arreglada, pero cuando dormía acompañado amanecía como cuarto de locos. Conmigo fue muy respetuoso, aunque era también muy celoso.

Después salí para arriba, para el Secretariado. Jacobo me había mandado llamar para ayudarle. Yo dudé mucho en aceptar y en volver a separarme del Frente, porque había mucho que hacer. Me habían nombrado en el Estado Mayor, pero el viejo comenzó a llamarme y a llamarme hasta que me tocó salir. Busqué la entrada por Colombia, Huila, para no dar la vuelta por el Sumapaz. Llegué a Baraya, y muy madrugada salí en bus para coger temprano la trocha. Pero en una de esas apareció un retén militar. Nos hicieron bajar, nos requisaron y ya no íbamos a  volver a subir cuando oí decir: “Esa es la mona”. Me volteé y alcancé a ver a Humberto, un muchacho desertado, que me conocía. El teniente se me acercó, me pidió papeles y le ordenó al cabo detenerme sin siquiera preguntarme quién era. Mi problema era que yo llevaba una carta del Estado Mayor para el Secretariado. El cabo, muy obediente, me llevó al puesto y cuando estábamos esperando al teniente, yo le dije al hombre: “Permítame el baño, cabo, que estoy dando salticos”. Al tipo no se le dio nada y me mostró dónde podía entrar. Yo que entro y comienzo a comerme esa carta. Pero era casi imposible. A uno con los nervios se le seca la boca y mojar ese papel a pura baba era muy difícil. Botarla no se podía y romperla tampoco. Tocó lavarla con agua para que las letras se medio borraran y aceptar que llevaba una comunicación. Yo que acababa de borrar y entra el teniente como un tote, madreando al cabo por imbécil. Me rapó el papel y la montó: “¿Qué es esto? ¿Qué decía? ¿Por qué lo lavó? ¿Quién es usted?” Acababa de firmar mi sumario.


Me cogió por las mechas y me tiró al piso. Un jalonazo de pelo, sin más ni más, por más prevenido que uno esté, duele y, sobretodo, humilla. La humillación es un arma muy efectiva porque lo va haciendo sentir a uno no sólo débil sino culpable y, por tanto, malo. En el suelo me cogió a patadas. Sentía esas botas clavarse en mis riñones con rabia. No sabía qué me hacía sentir ajena de mí, como  si yo fuera otra persona, pero al mismo tiempo algo me impedía pedir clemencia. Que le hombre me hubiera encontrado el papel fue bueno, a pesar de todo, porque eso me evitó tener que montar un cuento y defenderlo hasta que me lo hubieran desmontado y entonces, en ese momento, me había tocado decir quién era: un correo. Se ganó tiempo y me ahorré patadas.

El teniente insistió en que yo le dijera, “por las buenas”, qué decía la carta; yo le respondí que no había alcanzado a leerla. Recordé la fórmula de un amigo: yo estoy obligada a dar mi nombre y mi rango. Recibí la misma respuesta, un bofetón que me hizo sentir todos los huesos de mi cara y los de la mano de teniente. Llamó a unos soldados y le dijo al cabo: “Cuelguen a esta hijueputa chusmera de las tetas, a ver sí es tan berraca”. No sé si era amenaza o para montarla de fiero, o que no encontraron con qué colgarme, pero el caso fue que no me las tocaron ni para bien ni para mal. Sin embargo, me amarraron los brazos por detrás, echaron una soga por encima de una viga y templaron.

De una quedé guindada, las manos por detrás, a la altura de la nuca, y sostenida en la punta de los pies. Un centímetro más arriba y me hubieran despresado. El teniente se arrimó, me alzó por las piernas, me subió  y me soltó. El golpe se recibe en los hombros por dentro, en la columna, en el cuello, en los codos. Un dolor terrible, seco, regado por atrás. Grité y el hombre repitió la dosis. Yo pensé que no resistía dos mecidas de esas, que a la siguiente perdía el sentido. Pero no. Ellos sabían donde apretar sin dejar marca. Volvió a subirme y a soltarme. No una sino varias veces, y por último dijo: “Déjenla guindada alto, hasta que escurra lo que trae por dentro”. Lo primero que se duermen son los brazos, pero no dejan de doler; luego el cuello y los hombros y por último la columna. Uno siente cómo se van desordenando los huesos, cómo ceden las coyunturas, cómo se interrumpe el resuello, cómo la sangre comienza a no llegar a la cabeza, hasta que deja uno de oír sus propios alaridos. Al final sentó que el piso del mundo se me caía contra la cara.

Volví en mí cuando abrí los ojos frente a unos zapatos brillados, lisos y negros. Un sargento bien compuesto me preguntaba si me dolía la cabeza. En realidad no sabía si me dolía, porque no la podía ubicar. EL hombre tenía una manera suave de tratarme. Comenzó a llamarme “animalito de monte”, un nombre bastante ridículo pero que en aquellas circunstancias sonaba muy amable. Poco a poco fui volviendo en mi cuerpo, o a lo que podía sentir de él. Los brazos se demoraron más en llegar y el dolor en los hombros era insoportable. Me preguntó cómo me llamaba, de dónde era, cómo me habían detenido y cómo me habían tratado. Me aclaró que era de la Procuraduría Delegada para las Fuerzas Armadas y que su objetivo era saber sólo cómo había sido el trato. Le conté y me puse a llorar como su hubiera encontrado a mi mamá. Cuando ya había soltado todo y la esperanza de que las cosas iban por buen camino, apareció el teniente con la pregunta de antes: “¿Qué decía la carta?” Me dijo: “Usted puede escoger, usted ya saber de qué se trata una y otra cosa. Por las buenas, la libertad; por la malas, la soga. Usted es libre de escoger”.


Tengo que confesar que en ese momento, si yo hubiera sabido qué decía la carta, hasta digo. Uno no es dueño de sus miedos ni de sus dolores, pero yo no sabía lo que decía el papel ese. Pensé que inventando podía salir del problema y entonces volvió el sargento bueno y comenzó a interrogarme. El teniente a gritos, el sargento con amabilidad. Me estaban partiendo en dos. Lo grave de hablar algo es que ellos no saben hasta dónde sabe uno, o mejor, ellos siempre creen que uno sabe más, y tiran a sacárselo a la fuerza, y a la fuerza van haciendo lo mismo que Delgado: por borrar una cagada hacen otra, hasta que dejan el hueso y como no hay procuraduría, uno sale desaparecido. Por eso en el fondo me daba más miedo el bueno que el malo.

El teniente se fue desesperado conmigo. Los tenientes son peligrosos porque quieren ganar condecoraciones rápido, quieren ascender y el orden público es su oportunidad. Lo que no hacen antes de ser capitanes después les queda más difícil. Por eso quieren ganar méritoscon dolores ajenos y mi teniente estaba decidido a salir de capitán. Me amarró frente al sargenteo, cruzó la soga por la viga y comenzó a jalar. El sargento me vendó y volvieron a la misma cosa: ¿qué decía la carta? Yo volví a sentir lo mismo hasta que conté lo que sabía, que no era mucho. Lo que me parecía clave lo guardé muy bien guardado, porque hacía parte de mi corazón y porque la vida de los muchachos estaba en juego. Resolví entonces acusarme yo misma para pagar así mi confesión. El teniente había ganado a costa de su propia indignidad.

Me fui recuperando muy despacio. Pasé en el batallón más de un mes, hasta que un delegado de Derechos Humanos me ubicó y pidió mi libertad condicional. A mí me hicieron confesar contra mí, pero no me habían montado ni un sumario. A nadie habían detenido y la información que les di es la misma con que he armado este cuento. Salí del batallón un lunes 6 de agosto. El jueves estaba entrando otra vez al Sumapaz. Llovía y yo comencé a meterme en una congoja que venía en contravía. No tenía por qué estar triste habiendo salido libre, pero una lloradera que me salía de adentro, de más adentro que siempre, me tenía derrotada. En El Confín me quedé una noche. Los muchachos estaban alegres con verme y sus chanzas me borraron la pendejada que yo cargaba. Pero al día siguiente volvió la misma suspiradera tan pronto me despedí de ellos y me boté loma abajo. Cada paso que daba me hundía más. Yo decía para mis adentros: “No he hecho nada malo, no he matado, no he traicionado, no he mentido, ¿Será que le pasó algo a mi gente? ¿Será que a los viejos y al niño les sucedió algo malo?” Trataba de distraerme en el camino, con los recuerdos, con los pensamientos, pero nada, siempre volvía a caer en el mismo sitio. Corrí por esas lomas haciendo derechazos, acortando el camino, como si tuviera una cita, como si alguien me estuviera esperando para irse.

Y así fue. Tal cual. Llegando a Ucrania había un retén. Los guerreros dizque a no dejarme pasar. Me dijeron: “Hay órdenes de no dejar entrar a nadie”. Estaban serios, muy serios. La cosa era grave. Algo había pasado. Nunca antes se había visto que en territorio de uno, los mismos de uno no lo dejaran pasar. Yo pregunté, pero no me dijeron nada. Me contestaron que habían recibido la orden sin más.

Yo me hice la pendeja y me guindé de un palo a esperar. Pedí permiso para irme a bañar, y como no me acompañaron, decidí desobedecer y subirme río arriba.

Trepé por los barzales como poseída. El lagrimeo se cambió por rabia. Desde lejos alcancé a ver que en El Pueblito había movimientos raros. Pensé en que se había entrado la chulada, pensé que habían decretado la invasión, pensé que Marulanda se estaba despidiendo, pensé que estaban en consejo de guerra. ¡Qué no pensé! Lo que no pensé fue lo que había pasado: Jacobo acababa de morir.

El Secretariado se había reunido aquel viernes como todos los días. Jacobo estaba igual que siempre, mamando gallo, dando órdenes, discutiendo. Pero de un momento a otro se paró de la mesa sin motivo y trató de salir de la salita donde estaban hacia su alcoba. En la puerta dobló. Alfonso alcanzó a sostenerlo, pero como era un hombre grande, le ganó el peso. Cuando Jacobo llegó al suelo estaba muerto. No hizo un gesto de dolor ni alcanzó a decir una sola palabra. Se fue sin despedirse. A mí la lloradera me aumentó al pensar que el viejo me venía diciendo adiós desde que entré al Confín. Y que yo había sido la única que, sin entender, sabía que el viejo nos dejaba.

No salí del llanto en muchos días. No volví a hablar con nadie hasta que el camarada Raúl Reyes, una semana después, me llamó a rendir cuentas. Le conté la misma historia que ahora firmo de mi puño y letra.

Melisa
Pueblito, agosto 30 de 1990.


Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.


Comenzaremos con un próximo relato en unos días