Movimiento Jaime Bateman Cayon: guerrillera

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jueves, 29 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Tanja Nijmeijer: La muerte del Mono Jojoy

Novena entrega de "Relatos de la Violencia"


Relato de Tanja Nijmeijer, la Holandesa de las FARC, sobre la muerte del Mono Jojoy



 

Los días transcurrían con tranquilidad, nosotros estábamos trabajando normal. El Mono Jojoy nos daba charlas en el aula por la mañana, a veces por la tarde también. Me acuerdo que el día antes del bombardeo habíamos visto una película colombiana, Retrato de Mentiras o algo así. Trabajábamos sobre todo haciendo trincheras pues había mucho sobrevuelos de la aviación. Al flanco derecho y al flanco izquierdo del campamento se escuchaba mucho plomo, pero el Mono decía que él no se iba a salir de ahí. Estaba dirigiendo personalmente las peleas.

A veces faltaba el dulce, a veces el café, pero estábamos bien abastecidos. Preciso por esos días habían llegado cigarrillos y los fumadores andábamos contentos.

En esos días, la diabetes tenía al Mono bastante mal. Estaba muy enfermo, mas sin embargo nunca se dejaba achicopalar por la enfermedad. Recibía a los mandos, hacía reuniones de mandos y nos daba las orientaciones. Por las tardes se dedicaba a la orquesta que había creado unas semanas atrás. La orquesta llegaba hasta su oficina y ahí se ponían a componer y a ensayar nuevas canciones. El escuchaba y cantaba. Desde mi caleta yo lo oía cantar todas las tardes.

También andaba por el campamento pero se le notaba el esfuerzo que le tocaba hacer. Se movía para todos lados con una silla de esas de plástico. Llegaba a la rancha y ponía su silla y ahí se sentaba a joder a la gente; se iba para otro lugar y otra vez se sentaba a recochar. Pero todo eso era dentro del campamento porque él ya no podía marchar.

Durante la última marcha que hicimos, en junio del 2010, a él tocó cargarlo en hamaca. Me acuerdo que cuando llegamos a nuestro destino, yo me quedé esperando a que él pasara y me di cuenta que lo estaban cargando en hamaca y a mí me impresionó mucho eso, no sólo porque era el comandante, sino porque habíamos cruzado los terrenos más imposibles y peligrosos a su lado. Verlo en hamaca a mí me dio muy duro. Cuando pasó por donde yo estaba, seguro él se dio cuenta de mi asombro y levantó el puño y me gritó: “!vamos por la Copa, Holanda!”, por lo que estábamos en semifinales del Mundial de Fútbol.

En las semanas anteriores al bombardeo, cada nadita hacíamos simulacros en las trincheras. El Mono nos había anunciado que se venían bombardeos masivos contra la Serranía de La Macarena, así que los ensayos eran permanentes. Usted se acuesta, de repente llaman y usted se mete lo más pronto posible a la trinchera con fusil y con pecheras. La noche anterior al bombardeo hicimos esa maniobra tres veces. 

La tarde del 20 de septiembre habíamos tenido una reunión de los secretarios. Me acosté, hubo un ensayo de trinchera, me volví a acostar y me levanté más tarde a pagar la guardia. Esa noche me tocó el tercer turno, de 10 a 12. Durante el turno todo estaba normal. Pasó un avión pero todo estaba normal. Me acosté a las 12 de la noche y a las dos de la mañana una bomba me despertó. Aunque no había caído muy cerquita de mi caleta, la bomba me despertó y yo me metí de una a la trinchera, con cobija y todo, pero sin botas, porque después de la primera cayeron tres más, una detrás de la otra. Después se hizo un corto silencio y yo salí de la trinchera, me puse las botas, las pecheras y el fusil y me volví a meter a la trinchera con rabia pues no había podido encontrar mis lentes de contacto. De repente empezó el bombardeo masivo. Desde el comienzo se notó que todo el fuego estaba concentrado en el búnker del camarada Jorge. Ese búnker quedaba como a 25 metros de la escuadra de nosotros. Todo el fuego iba concentrado ahí, las primeras cochadas de bombas. Entre bomba y bomba yo trataba de mirar pero no se veía nada, solo se escuchaba cacarear a una gallina herida. Cuando ya pasó el bombardeo masivo contra la caleta del Camarada, comenzaron a bombardear a las escuadras; la última cochada de bombas yo nunca la voy a olvidar porque una cayó a unos cuatro o cinco metros de mi caleta. 

Entre cochada y cochada nosotros escuchábamos gritar al Mono. Él quedó vivo después de las primeras bombas. Llamaba a Quino, su oficial de servicio, quien también murió esa madrugada, y le decía: “!Quino, saque a la gente, saque a la gente! Esas fueron las últimas palabras del Mono. Ahí está pintado él: Quino, saque a la gente!... 

Después de las últimas bombas, yo estaba un poco sorda. Tenía el cuerpo dormido de la cintura para arriba. Me hormigueaban las manos, los brazos, todo. En la trinchera hacía un calor insoportable, entonces yo saqué la cabeza y pensé en sacar mis cosas, mi equipo, y ahí me di cuenta de que ya no había nada. Donde estaba mi caleta ya no había nada. Un palo grande y negro había caído encima. Saqué la cabeza un poquito más y vi la caleta del Mono. Eso parecía, -como le dijera yo- un pastal, un cultivo: ya no había árboles, no había matas, todo había quedado arrasado. Todo estaba negro y se miraban llamas por aquí, por allá… 

Cuando salí de la trinchera dije: menos mal tengo mi fusil y tengo mis pecheras, así que nos vamos. El comandante de mi escuadra nos estaba llamando a todos y nosotros respondimos, así que dio la orden: ¡Vámonos saliendo, muchachos! Salimos por un filo. Éramos 17, el bombardeo ya había pasado pero entonces comenzaron a ametrallarnos. Seguimos subiendo como una hora y media hasta que coronamos el filo y ahí me puse debajo de una roca. Saqué mis lentes de contacto, me los puse y por fin me sentí lista pa las que fuera. 

Una parte de la escuadra se devolvió a pelear. Trataban de impedir que el ejército desembarcara en el campamento, mientras otros nos dedicamos a evacuar a los heridos, a sacar economía, munición…Duramos casi todo el día en esas. 

En los siguientes días nunca salimos del área de combate. Escuchábamos los aviones, escuchábamos las peleas y casi no oíamos radio. Estábamos dedicados a tareas militares. En las exploraciones a veces encontrábamos panfletos que decían: “Murió el terror de La Macarena, ya Alfonso Cano lo está pensando, usted que va a hacer?”. A nosotros nos daba risa. A los que botaban los panfletos se les olvidó que los guerrilleros tenemos una consigna: los muertos no se lloran, su memoria se lleva al próximo combate. Lo que se miraba en esos días era esas ganas de la gente de salir a pelear. 

Después, con el paso de los días, a la gente le llegó la tristeza. No mira que él anduvo tantos años con nosotros? Que para muchos era como un padre…

Tomado de: http://confidencialcolombia.com/4956.html

jueves, 22 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Melisa, historia de una guerrera 2 parte


Sexta entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 2 de 4)


A Carlos le saltó un resplandor en la cara cuando le conté que había tomado la decisión. Me habló muy lindo de la revolución, del deber, del futuro. Con él todo era claro.
A los pocos días la señora fea me dijo que si quería podía ir a hacer prácticas con los muchachos. A pesar de que ella no me gustaba por lo seca, quedamos vernos en la estación de los buses el viernes siguiente a las dos de la tarde, “vestida –me dijo- como si se fuera de paseo al río Bache: con ropita vieja”. En la estación cogimos un bus para Palermo y de ahí caminamos, ya con unos muchachos que nos esperaban, hasta un punto llamado Palo Seco. El entrenamiento resultó muy aburrido. Por lo menos para mí, que esperaba algo que tuviera que ver con la guerra, con las armas, con el valor, con el misterio. Se trataba de correr por la orilla del camino durante toda la mañana y después, ya sudados, de discutir lo que llamaban la “situación concreta de la coyuntura”. Esa vez discutimos, o mejor, discutieron ellos sobre el imperialismo y el petróleo en el Huila. Para mí ese cuento era como de marcianos: ni entendía ni me importaba. Yo me la pasaba pensando en Carlos. A la semana siguiente la cosa se volvió más interesante. Después del “jogging” nos explicaron el mecanismo de las pistolas. Como yo sabía armarlas, quedé de reina. Esa noche me llamaron aparte y me comunicaron que tenía que “pagar guardia”. Sentí como si me hubieran nombrado comandante. Para mí era una gran distinción. Me tocaba el turno más difícil, el que después odié: de las 2 a las 4 de la mañana, un turno que cuesta toda la noche, porque esperando la levantada no se duerme y después tampoco, porque a las cinco tocan la diana general. Se duerme uno es en la guardia.

Esa vez la instrucción fue muy simple: “si ve subir al ejército o a los civiles, dé la alarma”. Yo me quedé pensando que de noche esa distinción era casi imposible, y que además no tenía sentido. Mi relevante era Fernando, un muchacho que en vez de dejarme sola se quedó acompañándome hasta que se cumplió mi turno y luego también, hasta que amaneció.  Nos comenzamos a gustar porque en una guardia pasan muchas cosas. Era pequeño pero muy vivo. Yo entreveraba el entrenamiento con las visitas a Carlos. Una semana para cada uno.

Hasta que Carlos salió libre. Entonces me hice su segunda porque él tenía mando en el movimiento. Nos movíamos más de lo que trabajábamos. Él iba a mi casa, donde se hizo amigo de mis papás; íbamos a cine; vimos los miserables; leímos filosofía, que me parecía demasiado mamona. Mi fiebre era el monte, los campesinos que sabían manejar armas. Yo sabía que luchábamos contra la injusticia y eso era suficiente. Pero Carlos, como para provocarme, sólo me dejaba ver por encima, y de lejos. Yo sabía que él hacía cosas serias, se le veía, pero nada, no me daba sino la prueba.

Mi papá, que sabía todo porque yo se lo contaba, era muy comprensivo. Pero mi mamá era celosa, y me peleaba mucho. Nunca supe si porque había dejado de ayudarles a sus amigos, o porque me soñaba una profesional. Ella quería que yo fuera médico o ingeniera, pero yo ya había cancelado ese cuento. Sin embargo, seguí viendo a Carlos y él me trataba como a una niña bien. Me hacía visita de sala, me cogía la mano de cinco a seis, y no le gustaba que yo me vistiera –decía él- como un gamín. A él le gustaba la faldita plisada y a mí los jeans.

Fernando volvió a invitarme a los entrenamientos. Para poder asistir me tocó hablarle claro a mi papá y él me ayudó, como siempre. Nos inventamos que mi abuela estaba enferma en Suaza y que yo tenía que ir a cuidarla los fines de semana. Volví a quedar en una posición incómoda porque Fernando también me gustaba. Me enseñó los secretos de la carabina M1, me enseñó el mecanismo de las granadas, me enseñó a explotar bombas molotov. Me pasaba su tensión y pagábamos guardia juntos.

Un día miércoles, Fernando llegó agitadísimo a contarme que tenía que irse a hacer un reemplazo en un operativo de verdad. Cuando yo oí la palabra “operativo” se me soltaron las piernas. Me tocó sentarme. Hasta ese momento habíamos estado jugando. Como él era tan franco y estaba tan asustado, resolvió contarme de qué se trataba: ni más ni menos que de la Caja Agraria del Guamo. Con tantoentrenamiento no se podía echar para atrás, así que nos despedimos en el monumento de La Gaitana y se fue a cumplir la cita. Me despedí sabiendo que no volvería a verlo. Me quedé prendida del radio. A la una de la tarde anunciaron que habían dado de baja a tres delincuentes que huían con un botín de cinco millones. El carro se había varado y los asesinaron sin que ellos pudieran disparar un solo tiro. El Espacio publicó al otro día la noticia y las fotos. Mi mamá puso el grito en el cielo ¡Yo con ese dolor y ella gritando! 


La muerte de Fernando fue el motivo para romper con el Eme. Me fui a llorar a Suaza, donde mi abuela, para que mi papá pudiera visitarme. Poco a poco me pasó el yeyo y volví a la casa. En vez de la revolución me puse a hacer carpeticas. No quería nada con nada. Le prohibí a Carlos que volviera a llamarme. Para mía la muerte de Fernando fue un punto aparte.


Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.


(Continua en unos días)

lunes, 19 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Melisa, historia de una guerrera

Quinta entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 1 de 4)

“Pase lo que pase de aquí no me muevo”, dije, y me senté. Me senté como si hubiera nacido ahí, en ese sitio, debajo de una cócora altiva desde donde se ve toda la hoya del río Palo hasta Santander de Quilichao.
“Sentarse a llorar no es un buen principio cuando se ingresa a la guerrilla”, pensé, cuando en esas me volvió la vida al cuerpo. “Si yo tengo que acostumbrarme a estas montañas –dije-, ellas tendrán que acostumbrarse a mí. No hay caso de ser lo que no se es”.

Esa mañana habíamos salido de la terminal de buses de Ibagué y casi dormida había llegado a Santander. Allá me dejó Villafañe en manos de un compañero campesino llamado Bagazo. Corto de palabra, lo primero que dijo fue que con la ropa que llevaba puesta no iba a llegar a ninguna parte, y sin más explicaciones fue a comprarme unas botas de caucho, un pantalón caqui y una camisa habana. Quedé como disfrazada de Añoviejo: todo me colgaba, porque al compañero no le importaba las tallas sino los colores. Por eso me hizo dejar mis straples rojos, mi falda amarilla y unas sandalias nuevas que acababa de comprar. Cuando me miré en el espejo comencé a llorar, a llorar como una huérfana. Tenía por costumbre arreglarme frente al  espejo el uniforme militar que me ponía para jugar con mi papá “al desfile”. El había estado en el ejército y guardaba todo lo que lo había hecho feliz en cuartel: uniformes, condecoraciones, pistolas. Es ese mismo orden me ponía sus recuerdos. Cuando ya estaba lista él me revisaba muy despacio, toda, de arriba abajo. Sentía su mirada recorrerme buscando una falla, y esperando que comenzara a darme voces de mando. Entonces yo no me cambiaba por nadie. Era feliz.

Mi papá había alcanzado a ser sargento primero en el ejército. Le tocó la violencia dura en el Quindío, y a veces nos contaba las peleas con la chusma y los encuentros con el propio Tirofijo, en el Páramo de Las Hermosas. Poco le gustaba hablar de esto porque era dirigente sindical y porque sabía que mi mamá recibía gente del monte en la casa.

Con mi mamá, en cambio, hicimos otro mundo, más real, más duro. Los amigos que venían a visitarla, siempre oliendo a humo, eran también mis amigos. Llegaban a la casa embarrados y sudados y nosotros les dábamos una muda limpia, recién planchada, que siempre teníamos lista. Duraban pocos días, hablaban poco y se iba por donde habían llegado, sin decir ni adiós ni hasta luego, cosa que me molestaba porque unas gracias no le quitan nada a nadie. Yo no sabía quiénes eran, pero de verlos tanto tampoco me importaba.

Un día mi mamá me llevó al Parque Santander en Neiva, donde vivíamos, a una manifestación. Dábamos vueltas y vueltas refundidos entre la gente, hablando pendejadas, hasta que alguien gritó: “¡Ahí llegan!” Entonces nos juntamos y comenzamos a cantar el himno nacional. De una radiopatrulla bajó Humberto Moncada, que venía esposado. Alguien le dio un clavel rojo y él lo levantó, haciendo con la otra mano la V de la victoria. Humberto era uno de los amigos de mi mamá y ese día, por primera vez, supe quiénes eran.


Los juegos con mi papá y los amigos de mi mamá me hacían sentir diferente a todas mis compañeras del María Auxiliadora. En ese colegio yo sobraba. Así que la monté para que me cambiaran a un colegio nacional, al José Eustasio Rivera, donde tenía amigas que, por lo menos, se vestían como yo. Después de pelear y pelar, mi mamá aceptó el cambio.

En el nuevo colegio había consejo estudiantil. Yo comencé a colaborar porque mi papá me había explicado de qué se trataba el cuento. El era dirigente sindical de los ferrocarriles y creo que hasta trabajaba para el Partido Comunista. Sacamos una cartelera denunciando las injusticas de los profesores, discutiendo el contenido de las materias y denunciando al imperialismo yanqui. Yo era la encargada de conseguir recortes de fotografías para ambientar el mural y así me fui resbalando en este mundo. Me sentía segura porque tenía mis cartas escondidas: los uniformes de mi papá y los amigos de mi mamá. Me gustaba vivir el juego de tener dos vidas: la de estudiante y colaboradora del consejo estudiantil, y la otra, que no nombraba por su nombre para no quitarle es misterio que tenía. Cuidaba mis dos vidas para no dejar que se enredaran.

Los desfiles con mi papá progresaban. De los uniformes y las historias sobre la violencia pasábamos al manejo de armas. Me enseñó a desarmar la pistola hasta que llegué a hacerlo con los ojos vendados y así ascendí, en el escalafón que teníamos, a cabo segundo. Por el otro lado, mi mamá me mandaba los domingos, que era el día de visita conyugal, a ver a sus amigos presos en la cárcel. Había que llegar a las tres de la mañana para hacer la cola. Se entraba sin calzones, para que con sólo levantarse la falda nos dejaran pasar sin tocarnos.

Humberto era un duro. Muy respetuoso. Yo le entregaba la carta en la celda, él la leía con cuidado y la respondía. Mientras tanto yo miraba su altar: recortes de la revista Unión Soviética pegados en la pared, con fotos de Marx, Engels, Lenin, trigales de Ucrania y edificios de Moscú.

En el colegio me nombraron representante del quinto año al consejo estudiantil. Me sentía presidente de la república. Mi primera tarea consistió en ayudar a organizar una manifestación, junto con la gente de la Universidad Surcolombiana, para protestar contra los bombardeos que el ejército estaba haciendo en la región de El Pato, Balsillas y Guayabero. Fue una manifestación muy bien organizada. Salimos del Colegio en fila de tres en fondo hasta la carrera quinta, donde nos encontramos con la gente la Universidad. Llegando al monumento de La Gaitana un piquete de policía nos cerró el paso. Veníamos coreando consignas contra el rector, contra el gobernador, contra el imperialismo yanqui y a favor de las residencias. Al detenernos la policía, fuimos rompiendo fila y amontonándonos para oír lo que los dirigentes discutían con el coronel, cuando de golpe cargaron a garrote. Todos corrimos hacia atrás y comenzamos a sentir las bombas de gas lacrimógeno que pasaban raspándonos. Una de ellas le dio en la cabeza a un pelado que corría cerca a mí. Oí su grito. Me devolví y el muchacho estaba sangrando. Lo alzamos y lo sacamos del tropel. Nos dimos cuenta de que el golpe le había sacado un ojo. Pedíamos a gritos una ambulancia. Nadie nos ayudaba hasta que llegó la policía, alzó con el  muchacho y de paso con todos los que estábamos con él.

Fuimos a parar todos a la estación, incluyendo al del ojo, que estaba en las últimas, o así nos parecía. Les gritábamos a los tombos que no fueran asesinos, que atendieran al herido. Ellos nos respondían que nosotros éramos comunistas y chusmeros. Por fin, cuando ya no había nada que hacer, cargaron con el pelado para el hospital. A nosotros nos reseñaron, pero a la mayoría nos tuvieron que soltar porque no habíamos cumplido los dieciocho años reglamentarios. En la estación nos habían plantoneado durante casi seis horas. A mí me había tocado al lado de un compañero de la Surcolombiana llamado Carlos. Estudiaba química y en vez de maldecir y de insultar a la policía, recitaba pedazos enteros de Juan Salvador Gaviota, un libro que yo conocía muy bien porque lo leímos con mi papá. Cuando comenzaron a soltar a los menores, él me pidió que llamara a un número y dijera simplemente: “Carlos está preso”. El sabía que lo iban a dejar porque lo tenía fichado. Así fue. A la salida llamé por teléfono y dije lo que tenía que decir. La mujer que me contesto me pidió el favor de volver a llamarla al otro día. Muy intrigada así lo hice. 

Me preguntó si nos podíamos ver. Le dije que sí, que claro. Sagradamente cumplí la cita. Ella me tenía que identificar por una boina negra. Casi no puedo dormir la noche anterior del goce de tener que conseguir una boina negra y de ir a una entrevista tan rara. En la calle, esperándola, sentía que todo el mundo me miraba. Después de un rato se me acercó una mujer muy fea: no se parecía a la voz que me había hablado por teléfono, pero de todas maneras me puse a sus órdenes, y órdenes fue lo que me comenzó a dar, sin más no más. Me dijo que si yo podía ir a la cárcel donde habían trasladado a Carlos a llevarle un mensaje. Respondí que sí, que yo podía hacer eso. Me dio un bodoque de papel envuelto en cinta pegante, me pidió mi teléfono y quedo en llamarme.

Yo fui a la cárcel y le entregué a Carlos el correo. Era un hombre muy claro. Tenía los ojos altos, como con algo muy importante que decir. Era suave. Me pidió que volviera. No quise hacerlo hasta cuando pensarlo se convirtió en mi noche y me día. Lo acusaron de ser enlace de la guerrilla y le montaron un consejo de guerra. Yo no entendía mucho, pero me parecía muy interesante lo que pasaba. Comencé a visitarlo cada domingo. Dejé de ayudarle a mi mamá con su Humberto y me dediqué a lo mío. Me volví correo entre Carlos y su gente, que era gente del Eme.

Un día dijeron que si yo quería ayudarles en firme. Les contesté que sí, estaba destinada –porque así lo sentía- a esa vida.

Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.

(Continúa en breve)