Movimiento Jaime Bateman Cayon: Guerrilla

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domingo, 20 de mayo de 2012

Relatos de la Violencia: “Tres Sacerdotes guerrilleros venidos de España: Domingo Laín, José Antonio Jiménez y Manuel Pérez Parte 3”

Sacerdotes guerrilleros (Parte 3 de 4)



Pregunta ahora Jerónimo: Compañero Manuel Pérez: ¿En qué condiciones muere el padre Domingo Laín?


Domingo murió en la quebrada La Llama, cerca a Puerto Clavel y Bagre, departamento de Antioquia. Los compañeros venían haciendo un cruce para comienzos del 74. O sea e el tiempo todavía comprendido en la Operación Anorí. Venían del Magdalena hacia el Cauca. Al llegar a esas tierras, se encontraron con un gran operativo del ejército. Ellos venían de caminar muchos días, en una situación muy dura de cansancio, agotamiento y todas las demás dificultades propias de una lucha como esta de la lucha armada revolucionaria. Problemas de alimentación, de enfermedad, porque esa es una zona muy brava de paludismo. Ellos estaban sin provisión y se encontraron con ese operativo enemigo.

Por todas esas dificultades, Domingo estaba enfermo. Estaba hinchado y se pensaba que eso se debía a la desnutrición. Pero ante el operativo militar con que se encontraron, ellos vieron que lo mejor no era estar pasivos, y que ya que los había cogido el operativo, iban a enfrentar la situación. Ellos descubrieron un campamento del ejército, y además se dieron cuenta de que el ejército acampaba ahí pero se emboscaba en un camino por si acaso pasaba la guerrilla. Entonces los compañeros trataron de montarle rápidamente una contraemboscada al ejército.

Ahí hubo como un acercamiento de las dos fuerzas, los compañeros no estaban bien emboscados y la plaga enemiga venia bajando ya. Entonces hubo un choque en que los compañeros le hicieron bajas al ejército. Al parecer, según testimonios posteriores, Domingo trató de recuperar un arma a uno de los soldados que había caído. Pero otro soldado había quedado vivo detrás y le rafagueó a Domingo. Otro compañero murió también al tratar de rescatar el cadáver de domingo. Sé que en la actualidad hay en el sur de Bogotá un barrio que lleva su nombre, cerca a la ladrillera donde Domingo trabajó como obrero.

Juan Carlos, pregunta En qué condiciones y en dónde muere también el padre José Antonio Jiménez, a lo que Manuel Pérez responde:

El fue el primero que murió de los tres. El murió como al año de estar vinculados nosotros a la guerrilla. Murió por los lados de Yondó, Antioquia, cerca del río Magdalena. Los compañeros, como siete, habían salido a una comisión, incluido él, José Antonio. Era una de las primeras veces también que él salía a operativos. Cuando llevaban varias horas caminando, José Antonio se sintió mal. Se detuvo la marcha, y el compañero comenzó a trasbocar, como con mareos intensos, y al poco raro murió, ahí mismo.

No se puede establecer si fue insolación o si fue que algún animal le picó o mordió. Es que a los pocos minutos de su fatiga, perdió la noción de las cosas, perdió la capacidad de raciocinio. Nunca se pudieron establecer las causas reales de su muerte, pero las circunstancias fueron así.

José Antonio era el mayor de los tres. Tendría unos treinta y tres años. Había nacido en un pueblo llamado Nariño, de la provincia de Teruel, también Aragón. Había hecho su bachillerato normal y trabajaba en un banco en Madrid. Era cajero, tenía su profesión. Y ya siendo adulto fue que decidió hacerse sacerdote. Incluso tenía novia y estaba para casarse cuando resolvió vincularse al seminario para iniciar su carrera sacerdotal.

Y como interrumpió su vida normal y dio ese paso, nosotros lo molestábamos diciendo que era de vocación tardía. Era una persona muy responsable en su vida, su trabajo, en sus relaciones familiares. Entonces es adulto decide ser sacerdote, y mas adulto aun cuando se resuelve por la guerrilla. Desde que se vincula al seminario se vincula con nosotros hasta que llegamos a América y hasta que muere en la lucha armada guerrillera colombiana. Podríamos decir que era algo así como la persona seria del equipo de sacerdotes que trabajábamos juntos. Domingo y yo éramos mas hiperactivos. En cambio José Antonio era mucho más reposado, más sereno, mas aplomado, reflexivo, analítico. Él tenía otra característica en la guerrilla, y es que a pesar de que muy pronto murió, él venía haciéndose unos cuestionamientos de algunas cosas que veíamos no correctas que se desarrollaban en ese tiempo en la guerrilla.

De ahí que él estaba para ese tiempo como en una situación de ver cómo se podían plantear algunos cuestionamientos sobre cómo estaba dándose el desarrollo de la organización. Esos son algunos de los aspectos biográficos fundamentales de José Antonio Jiménez.

José Antonio estuvo en la parroquia de Olaya Herrera en la Ciénaga de la Virgen de Cartagena, junto con Domingo y conmigo, Antes habría estado conmigo en la Republica Dominicana.

Nayibi levanta la mano para pedirle al Padre Manuel Pérez: Háblenos un poquito de usted: ¿Dónde nació, Cuando..?

Yo nací en 1943 en Alfame, un pueblito o caserío de la provincia de Zaragoza, como a veinte kilómetros del pueblo donde había nacido Domingo Laín. También soy de familia de campesinos pobres, y también desde niño fui educado como en una actitud normal muy sana en aquellos pueblos, con una religiosidad popular muy fuerte, y con las mismas cualidades fundamentales de honradez, solidaridad humana y cristiana, pues eso los padres de uno lo inculcaban mucho y desde sus primeros días de vida. Esa es la norma general en aquellas regiones españolas. A los once años yo me fui para el seminario de Zaragoza. Primero estuve en un pueblito que se llama Alcoriza, donde estaba el seminario menor, después pasé al seminario mayor.

Mery, característica santandereana, chucureña, pregunta:



Compañero, ¿Cuáles fueron las primeras inquietudes o los primeros impulsos sociales, políticos, revolucionarios que ustedes como sacerdotes europeos sintieron por los pueblos de América Latina y porqué?

Nuestras inquietudes, junto con Domingo, José Antonio y otros sacerdotes, era cómo ligarnos más a la situación que vivía la gente. Al comienzo tuvimos inquietud por ligarnos al trabajo de los obreros en España. Después ya comenzamos a tener inquietudes de ver cómo vivían los inmigrados españoles en Francia, en Bélgica y muchas otras partes y de ahí salíamos en temporadas largas a trabajar como un emigrado más. Así fue como nos encontramos con los sacerdotes obreros en Francia, y nos vinculamos un poco a toda esa corriente de sacerdotes obreros cuando todavía éramos seminaristas. Entonces pensábamos en nuestra vocación sacerdotal, pero vivida en unas condiciones muy diferentes a las que normalmente se conocía como la vida tradicional de los sacerdotes. Para nosotros lo fundamental era encarnarnos en la población más explotada, por lo que consideramos que lo normal de la vida de nosotros era vivir como cualquier obrero en las condiciones de poder vivir del mismo jornal que se ganaba y compartir con la comunidad, sus mismas condiciones de vida. La misma calidad de habitación, de trabajo, de relaciones.

Y al mismo tiempo considerábamos una aportación a todo este debate de la relación marxismo-cristianismo y de integración de los cristianos a la revolución.

Natalia pregunta: Padre Manuel Pérez: Oí hablar antes de otro sacerdote que fue del ELN y que se llama Diego Cristóbal, ¿El era también español o colombiano?
Diego Cristóbal es otro sacerdote, colombiano, que estuvo vinculado a la guerrilla nuestra y que ya murió. Fue un hombre de una gran personalidad que jugó un papel, un gran papel en la organización. Él se vinculo a la guerrilla, aunque mucho tiempo antes estaba colaborando con la organización. Se vinculo a la guerrilla precisamente en los momentos de mayor crisis. Cuando más dificultades tenía la organización, él da el paso de irse a la guerrilla, vincularse a los frentes y bregar a trabajar mucho para lograr que la organización saliera delante de la crisis en que se encontraba. Él es de la orden franciscana, nación en Antioquia, sino recuerdo mal fue en Itagüí. Él se ordeno de sacerdote y desde antes estaba muy ligado con la pastoral en relación a los pobres. Su vida sacerdotal la realizó en Buenaventura haciendo un trabajo con las negritudes que son gentes muy pobres. Después fue trasladado a Bogotá. Mientras estuvo en su parroquia hacia un trabajo pastoral muy liberador. Precisamente en esa actividad es que él debe pasar a la clandestinidad, tanto por su actitud de compromiso con los pobres, que ya desde ese tiempo empezaba a ser sospechoso para las autoridades civiles y de seguridad de acá en Colombia, como por algunas dificultades que se presentaron en el trabajo desde la clandestinidad, o desde su situación de miembro clandestino de la organización se presentaron. El compañero rápidamente en su vinculación a la guerrilla tiene un gran prestigio porque tanto se logro asimilar y adecuar rápidamente a las condiciones de vida del campo, como al mismo tiempo aportas mucho en la actividad militar y el desarrollo político de masas. Él rápidamente adquiere responsabilidades en el Frente Camilo Torres, que fue donde estuvo, y después paso a nuestra dirección nacional provisional. Siendo miembro de nuestra dirección nacional provisional, es que muere el compañero en un combate en Suratá. Estaba nuestra dirección nacional provisional reunida, cinco en total, siendo atacados por el ejército. O sea el ejército llega a esa finca donde los compañeros estaban reunidos. Entonces el compañero con mucha tranquilidad salió a saludar al primer soldado que venía. Lo saludó y le preguntó qué quiere. Respondió que iba a hacer una requisa, lógicamente porque estaba delatada la casa. Entonces el compañero se lanzó y le arrebató el fusil, y al tratar de disparar, el fusil no tenia munición en el interior de la recámara. Entonces cuando el compañero trató de llevar las balas a la recámara, fue que los otros soldados que venían detrás de éste le dispararon. Así murió el compañero. Nosotros creemos que fue una actitud muy valiente y consecuente, en que a pesar de estar desarmados, el compañero se las ingenió para desarmar al militar.

Jenny insiste sobre el padre Diego Cristóbal: ¿Cuántos compañeros iban en ese momento con el sacerdote?

Iban cuatro no más

¿Los otros no alcanzaron a reaccionar?

Sí, otro compañero que alcanzó a reaccionar también fue dado de baja por el ejército. Y los otros tres fueron detenidos.

El turno para preguntar es para Yaneth: ¿Quién fue en el ELN el padre Aurentino Rueda?

Aurentino Rueda ha sido muy mencionado porque ha adquirido trascendencia también, porque ha tenido responsabilidades en la organización. Y que también era franciscano; el primer franciscano que se vinculo al ELN, es colombiano, que también por su compromiso con los pobres, por su dedicación al trabajo con las comunidades en Bucaramanga, él comenzó cada vez más a adentrarse en ese compromiso de liberación de los pobres. El compañero después de que también tuvo que pasar a la clandestinidad por algunas dificultades que se presentaron en su trabajo, también se vinculo a la guerrilla y también se supo adecuar rápidamente a las condiciones de vida del campo. Eso hizo también que el compañero fuera asumiendo responsabilidades en la guerrilla y en la organización. El compañero venia cumpliendo un trabajo en la guerrilla, y también el compañero se mantiene pues activo. Él está vivo pero hablamos de él por lo que es una persona conocida por el enemigo, y también es un compañero que ha aportado mucho a esta lucha.
Leyla interroga de qué parroquia era el padre Diego Cristóbal…

yo no recuerdo bien de qué parroquia fue en Bogotá, que fue donde trabajó como sacerdote, entre otras ciudades del país. De Aurentino tampoco recuerdo su parroquia en Bucaramanga. Hay muchos otros sacerdotes católicos que colaboran y hasta podría decirse que son del ELN, pero cada uno de ellos en su parroquia, y por eso no es prudente ni conveniente hablar de ellos por ahora.

Mauricio, formula tres preguntas en una “por si no alcanza el tiempo para la segunda vuelta”, dice, y pregunta:

¿En qué circunstancias prácticas, detalladas se vinculan ustedes al ELN? ¿Cuál era el estado de la organización y en qué condiciones la encontraron cuando ustedes llegaron al ELN?

Las circunstancias o decisión de vincularnos al ELN fue a raíz de nuestra expulsión de Cartagena. Nosotros vivíamos en esa ciudad las mismas condiciones de vida y de lucha que vivía toda la gente. Por eso cuando se produce nuestra expulsión, nosotros decidimos nuestra vinculación a la guerrilla como el paso siguiente, como lo haría cualquier pobre (con conciencia claro está) al cual no se le permitiera mas estar legalmente trabajando y luchando. Ahora bien, nosotros no queríamos ser como los sacerdotes españoles que aparecían vinculados a la guerrilla, sino que queríamos ser un grupo en el que fundamentalmente los sacerdotes colombianos, o de origen colombiano, estuvieran encabezando esa decisión, para que no se nos pudiera tachar o tachar a la organización, de estar vinculando extranjeros a su seno, aunque nosotros nos sentíamos en muchos sentidos plenamente colombianos.

De ahí que en ese tiempo hicimos una reunión como con doce sacerdotes que estábamos todos en la misma línea de trabajo. Todos asumíamos la decisión de vinculación a la guerrilla, y que haríamos publica esa decisión, cuando ya estuviéramos en las montañas. Porque sí es importante ver que realmente no era una cosa individual o particular sino que era el compromiso de muchos sacerdotes, que a partir del compromiso que habíamos hecho como grupo de Golconda, veníamos trabajando en una pastoral de liberación y comprendiendo que la salida era el socialismo; que para llegar a esa salida, realmente había que enfrentar, en una forma violenta, las estructuras de opresión que había en Colombia. Por eso cuando ya las puertas se cierran para otro tipo de trabajo, somos un grupo bastante numeroso, la mayoría de los cuales habíamos sido reprimidos ya en nuestro trabajo, como era Vicente Mejía en Medellín, Manuel Álzate en Cali, René García en Bogotá, Roberto Becerra en Bucaramanga, nosotros en Cartagena. Había otros misioneros que estaban por el alto Sinú, otros por los Llanos. Había sido también la participación con monseñor Valencia Cano. O sea, todos del grupo de Golconda, realmente era un grupo sacerdotal bastante numeroso.

Esa decisión la seguimos bastantes compañeros, si bien posteriormente por dificultades muchos de esos compañeros siguieron trabajando pero en una relación más marginal con la guerrilla, pero sí todos dentro de ese gran sentido de liberación popular. Ahí tomamos esa decisión, el grupo de sacerdotes de ingresar a la guerrilla, y en ese momento somos expulsados de Colombia, pero nos mantenemos firmes y consecuentes con esa decisión. Por tanto primero salimos José Antonio y yo expulsados de acá. Incluso nosotros llegamos a España y nos regresamos hasta Curazao, de donde nos echaron, y en donde estábamos esperando a ver si podíamos hacer felación nuevamente con Domingo Laín, y que éste hubiera hecho nuevamente relación con el ELN, para nuestro ingreso directo y clandestino, obviamente, a sus filas.

Pero estando en esa espera somos expulsados de Curazao, llegamos de nuevo a la Republica Dominicana, de allí nos expulsan nuevamente para España encontrándonos otra vez los tres: Domingo, José Antonio y yo. Ahí es donde hacemos ya conexión con voceros del ELN en Europa y venimos clandestinamente para la guerrilla.

Me pregunta usted cómo encontramos la guerrilla a nuestro ingreso. Eso fue un impacto de mucha expectativa, de mucho romanticismo, de la ilusión. Para ese momento se vivía muy intensamente la caída del Che Guevara en Bolivia. Nosotros habíamos leído el Diario del Che en Bolivia, Guerra de Guerrillas del mismo Che, pero en la práctica no sabíamos nada de guerrillas. Lo que habíamos oído de Camilo con esa gran motivación que nos había sorprendido las condiciones de vida del pueblo con el cual vivíamos, y podríamos decir que la única enseñanza de guerrillas que teníamos, era el Che.

Incluso le voy a contar una anécdota muy curiosa. Cuando nos expulsaron de aquí, nos metieron en un barco español, el Zatrustegui. Ahí en el barco la gente nos recibió, todos los tripulantes, claro, con la expectativa de que éramos sacerdotes españoles expulsados de Colombia. Comenzaron a interrogarnos, que cómo vivíamos. Nosotros en medio de nuestra ingenuidad hablábamos sencillamente con quien fuera. Contando nuestra experiencia porque hasta ese momento no teníamos nada qué ocultar, sino nuestra experiencia como sacerdotes españoles en un país latinoamericano. Se nos presentó en ese barco un medico, el médico del barco, diciendo que él era Inti Peredo que iba clandestino para hacer unos contactos internacionales. Nosotros entre crédulos e incrédulos, sin embargo dijimos cosas no muy favorables sobre el régimen español que en ese momento estaba en estado de sitio. Repudiando a Franco, etc. La cosa fue que tan pronto llegamos a España nos detuvo la policía española. Pues el tipo no era ningún Inti Peredo sino un miembro de la policía de seguridad de España. Ese fue un incidente anecdótico motivado por nuestra ingenuidad de entonces.

¿Cómo encontramos la organización?, pues yo digo que dentro de ese romanticismo que teníamos, para que
se haga usted una idea, con ese sueño de sabe cómo el Che, que había sido una persona tan integra, tan dedicada, y sobre todo lo que nosotros más admirábamos: Tan desprendida de su internacionalismo. En ese sentido nosotros decíamos, y un poco nos parecíamos al Che en eso, de que nuestra patria era donde los explotados estuvieran, y ahí nos vinculamos a una vida de ser uno más de los explotados. Por eso era que para nosotros era de gran admiración el Che.

Bueno, lógicamente el contraste de ese sueño, de esa ilusión romántica a la realidad, fue muy duro, porque los hombres que encontramos en la guerrilla del ELN de entonces, no eran esos héroes como el Che, sino hombres comunes y corrientes de carne y hueso, con sus deficiencias en muchos casos, dentro de esa concepción que se tenía en ese momento, en que la subsistencia del guerrillero hacia que a todo el mundo se le probara, muchas veces no con el mejor trato; y más cuando era un hombre que llegaba de la ciudad; tenía que mostrar que, en cierta forma todavía ese machismo estaba vivo en las guerrillas. Entonces nosotros habituados a ese trato de la fraternidad, la relación humana, todas esas actitudes y principios en que nosotros habíamos sido educados, no por ser religiosos sino por nuestro humanismo y porque nuestra religiosidad nos llevaba a que para nosotros lo máximo era el hombre, y en el centro de la vida era el hombre; y por tanto el respeto a la persona humana era lo más importante. Lógicamente hubo cosas que nos sacudieron e impactaron negativamente; nosotros reflexionamos en que esas eran las condiciones de la lucha y de la guerra, y que por lo tanto teníamos que comprender mucho más cómo era esa realidad. De todas maneras nos impactó el heroísmo de aquellos compañeros que conocimos en aquellas condiciones tan difíciles de persecución del ejército, y que aun así mantenían ese espíritu y esa actitud de combate y ese heroísmo y decisión como para dar la vida por el compañero y ante la decisión de cada hombre cuando iba al combate.

La consigna era que ningún compañero que cayera junto a uno, odia quedar en manos del enemigo. O que al enemigo había que recuperarle sus armas. Entonces esa gran decisión y ese coraje se cumplía, se veía en aquellos hombres.

Eran hombres de una gran nobleza y de mucha dedicación a la lucha. Pero dentro de esa concepción, en que ya se hacían notorias las deficiencias de desviación foquista que hemos llamado, había algunas situaciones que se venían ya resaltando. Hacíamos mucha actividad militar; había rasgos de militarismo y autoritarismo, y de mal trato hacia los compañeros, un trato duro, fuerte. Entonces para nuestra sensibilidad de educación, eso era duro. Otras dificultades: pues uno ve que es lo normal en las organizaciones; lo que a nosotros nos impactaba mucho era el manejo y el desarrollo de las contradicciones internas del movimiento, y cómo eso incidía en la vida y en la relación de los hombres. No siempre se manejaban las contradicciones internas bien. Porque una cosa era la discusión y otra muy distinta la fraternidad entre camaradas. Entonces afectaba una cosa a la otra. Ese era un aspecto que a nosotros nos impresionaba. Otro aspecto, como en continuidad, era la dureza de la vida. Nosotros habíamos sido educados en el sacrificio pero era un sacrificio voluntario. Aquí también era voluntario, mas sin embargo, las condiciones duras de la vida, eran independiente de la voluntad o no, sino de unas condiciones de subsistencia muy difíciles. De hambre, de persecución del enemigo. Adecuarse a unas condiciones de vida así, es un proceso.

Lucas, siguiendo la táctica de Mauricio de preguntar doble y hasta triple de una sola vez, pregunta quién era el máximo jefe del ELN cuando a sus filas hicieron ingreso Manuel Pérez y los demás sacerdotes españoles, y cuál era la situación política y militar de la organización cuando ese ingreso se produjo…

Entonces el ELN estaba definido como una organización político-militar con una concepción marxista de la guerra. Planteaba la guerra popular y prolongada, la transformación de las estructuras, o sea que políticamente estaba claro en su objetivo hacia la toma del poder.

Álvaro interrumpe: ¿Todavía tenían la concepción foquista?

Exacto. Tenía el planteamiento foquista de que el foco irrumpía, se reproducía e insurreccionaba a las masas como por inercia. Que era, en síntesis muy apretada como la deviación que se venía produciendo de cómo materializar y aplicar lo que había sido la experiencia cubana. De ahí que la expectativa era que íbamos a crecer y que haciendo combates la gente se iba a vincular porque eso llamaba la atención, la despertaba y la incentivaba. Y que por tanto lo principal era lo militar. Lo demás se daba por su inercia. Y efectivamente incluso la guerrilla a nivel táctico hacia combates de envergadura y con poquitos hombres, con mucho arrojo y mucha valentía. En ese tiempo en que yo me vinculé, se desarrollaron muchos combates, hasta 1972, prácticamente hasta que comenzó Anorí. La guerrilla del ELN era muy combativa y produjo acciones que en ese momento provocaron mucho impacto.

¿Militarmente estaba muy diezmado el ELN cuando usted se vinculó?

No era su mejor momento pero sí venia en proceso de auge y desarrollo. Porque hasta 1973 fue auge y desarrollo del ELN. En el 69 lo que pasa es que para ese tiempo las guerrillas eran muy combativas pero no muy numerosas también. Para ese momento alcanzamos a ser 250 guerrilleros y con esa cantidad de hombres en esos tiempos hicimos muchos combates. Realizamos hasta cuatro tomas de poblaciones con policías al mismo tiempo. Emboscadas. Hacíamos tomas simultáneas, porque un grupito de diez o quince compañeros era capaz de hacer una toma de puesto de policía de ocho o diez policías. Se hacían acciones con mucho arrojo y con mucha audacia. Podríamos decir que esos fueron los mejores momentos del ELN hasta 1973 cuando se produce el golpe de Anorí.

Jorge Enrique, quien no se inscribió porque creía que no tenía nada que preguntar, no se aguantó el impulso de interrogar sobre sus antiguos amigos y compañeros en la Juventud Comunista de Santander, quienes después ingresaron al ELN, siendo fusilados en desarrollo de la lucha interna mal conducida en su seno.

Es cierto, comandante Manuel Pérez, que ustedes han reivindicado la memoria de los compañeros Medina Morón, Heliodoro Ochoa y Julio Cesar Cortés y otros compañeros que fueron fusilados al finalizar los años sesentas?

Sí, nosotros hemos reivindicado la memoria de todos los compañeros que murieron ajusticiados tanto en ese juicio como en otros. No porque consideremos que todo lo que hicieron esos compañeros fuera correcto. Sino porque consideramos que murieron como consecuencia del mal tratamiento, de parte y parte, de contradicciones políticas. O de maneras de resolver militarmente contradicciones políticas; por el mal manejo que de las partes en contradicción se le dio. Y salió vencedor el más fuerte, pero dándole salidas militares a lo que se debía dar salidas políticas. Por eso es que nosotros no consideramos ahí ni vencedor ni vencido, ni excluyentes ni excluidos, sino que consideramos que son compañeros que lucharon honestamente en la revolución, que tuvieron contradicciones políticas de los compañeros que después continuarían también con la lucha, como Fabio Vásquez y otros compañeros pero eso no quiere decir que esos compañeros, por ese hecho no sigan siendo reivindicados como revolucionarios,

Patricia quiere saber: ¿Las relaciones de Vásquez y el ELN como son en este momento?

Nosotros procuramos que sean lo mejor. Sí se relaciona él con compañeros de la organización, y yo personalmente he ido a hablar con Fabio Vásquez. Nicolás Rodríguez también. Porque nosotros en el 75 o 76, cuando se tomó la decisión de cuestionar la primera responsabilidad de Fabio Vásquez, no fue la decisión de excluirlo de la organización, sino de que se analizaran algunos errores en la organización, y lógico había un buen numero de compañeros de responsabilidad; cuando supimos de algunos errores no solamente de consideración política, sino de responsabilidad individual, y como el mayor responsable de la organización en las determinaciones concretas; nosotros consideramos que en esas condiciones el compañero no era el hombre que debía seguir siendo el primer responsable de la organización. Se le cuestionó la responsabilidad pero no la militancia en la organización. Quedaba pendiente tratar en algún evento democrático, el análisis de esas dificultades. Por eso se fue a hablar con el compañero y se le cuestionó. Por esos errores se e informó que quedaba destituido de la primera responsabilidad de la organización, mas no de la militancia. Y que por la situación difícil por la que atravesaba la organización, se planteaba que si era bueno que continuara en el exterior, y que íbamos tratando su situación.

Después de pasar varios años en que la organización va adquirir un desarrollo y condiciones de ir generando un desarrollo del centralismo democrático, de la participación de la democracia del conjunto de la organización en todas las decisiones políticas, y también históricas, nosotros consideramos que ya habían las condiciones para que abordaran estos aspectos, en un clima mucho más sereno y tranquilo. De ahí que fuimos a hablar con él, y a plantearle cómo mirábamos algunos aspectos de la historia, en los cuales él podía sentirse involucrado. Lógicamente no hemos coincidido en muchos de esos aspectos. Nosotros respetamos la opinión del compañero en muchos de esos aspectos, pero consideramos que la organización debe fallar sobre esas responsabilidades históricas. No consideramos que va a fallar sobre las personas en cuanto a someterlas a un juicio, sino a hacer claridad sobre aspectos históricos, como fueron esos juicios. Esto ha hecho que él se considere en algunos aspectos un poco lastimado, o por lo menos con diferencia a lo que valoramos a otros compañeros de la organización. Sin embargo, nosotros creímos que lo mejor era tratar esa situación en un evento democrático, en que una parte de ese evento se lo dedicáramos a esa situación histórica que quedaba con relación a Fabio Vásquez por ser una persona tan importante como nuestro fundador al cual seguimos reivindicando como tal. En ningún momento los errores que haya cometido, nos llevan a no valorarlo como el fundador de nuestra organización. De ahí que entonces lo invitamos al primer congreso de la organización. El compañero no quiso asistir. Adujo algunas razones. Pero nosotros consideramos que no era valido el planteamiento de no asistir, siendo que la dirección lo orientaba como un militante más para asistir a ese evento.

Argenis estaba aun temblando de emoción por el escrito que momentos antes le había entregado en la rancha, al calor de la hoguera y mientras saboreaban el tinto de las siete de la noche, su guerrillero enamorado y que decía:”Para ti, porque eres capaz de transformar la sombra en luz y la tristeza en alegría. Quiero darte hoy, multiplicado por millones, todo el amor con que has iluminado nuestros corazones”. Embriagada por los efectos del amor, Argenis interrogó a Manuel Pérez; ¿Quién remplazó a Fabio Vásquez en la comandancia general del ELN, y cuando llegó usted a ese cargo?

Nicolás Rodríguez Bautista lo remplazó, porque él era el remplazo que Vásquez había dejado. Entonces la organización siguió aceptando al reemplazante en la comandancia que Fabio Vásquez había dejado. Yo para ese momento era segundo responsable de un grupo guerrillero. Al salir Fabio Vásquez y al cuestionarse su responsabilidad, una de las primeras actividades que hizo Nicolás Rodríguez, fue citar a una reunión de los principales cuadros de la organización. De ahí que se considero que los dos primeros responsables de cada grupo guerrillero asistiéramos a esa reunión, y también algunos responsables urbanos. Ahí es donde se realiza, en el 78, la primera reunión de responsables de la organización. Así la llamamos. Ahí es donde supuestamente se nos consideró, al no haber cabeza en la organización sino solamente Nicolás, se nos consideró a los dos primeros responsables de cada frente, como una especie de dirección nacional provisional. Podemos decir que en ese momento es que entro yo a formar parte de la conducción o decisiones de conducción nacional de la organización. Eso fue en 1978

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En próximos dias la parte final...




viernes, 6 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: La mítica Casa Verde 3 parte


Entrega Doce de "Relatos de la Violencia"

 La mítica "Casa Verde" (Parte 3 de 3 Final)


Manuel Marulanda e Iván Marino Ospina
Unos meses después hicimos las entrevistas con Isauro Yosa, alias Mayor Lister, y con Eusebio Prada. Desde el tiempo en que andábamos recogiendo el material que sirvió de base para escribir Siguiendo el corte, nos habíamos encontrados con estos nombres y los teníamos, digamos, en la mira. Sabíamos que Isauro vivía en el Alto Ariari y que Prada andaba escondido después de un atentado al que sobrevivió milagrosamente. Un viejo militante del Partido Comunista, Gerardo González, que conocimos en el Primer Foro sobre La Macarena llevado a cabo en Vista Hermosa, en el año 85, nos hizo la relación.

Conocimos en uno de los barrios que rodeaba a Soacha a Isauro Yosa. Tendría en ese momento unos sesenta años y sufría de los riñones, mal que terminó llevándolo a la tumba a principios de 1994. Tenía un cuerpo robusto que debió ser fuerte pero no ágil. Hablaba con mucho cuidado, midiendo cada palabra, pero poco a poco fue dejándonos ver su alma. Le prometí regresar cuando hubiera terminado el texto preliminar. Nunca le cumplí la promesa.

A Eusebio Prada lo entrevistamos en Bogotá. Vivía con Teresita, su mujer. Él estaba todavía convaleciente y acababa de regresar de Alemania Oriental, donde le habían sacado cuatro de los cinco proyectiles que un sicario le clavó en el cuerpo cuando se exterminaba, a los ojos de todos los colombianos y del gobierno, a la UP (Unión Patriótica). Prada es un hombre al que se le toca el fondo con rapidez porque se abre con generosidad. Hablamos mucho tiempo. Una gran parte la dedicó, como es explicable, a contarnos el atentado. Él es el Mono Mejías. Su vida en el relato de “El camino de los huyentes” es contada por el Mono Jojoy, a quien conocimos en El Confín, saliendo de La Caucha. Conversamos con él mientras nos preparaban el almuerzo. Es uno de esos guerrilleros que pertenecen por estirpe a la guerra. Hijo de un guerrillero de Juan de la Cruz Varela, nació, creció y ha vivido siempre en la guerra. Es oriundo del Sumapaz y fue uno de los huyentes que engrosaron la Columna de Marcha hacia el Duda, dirigidos por Eusebio Prada. Dicen que es el sucesor de Marulanda. Se ofrecen hoy quinientos millones de pesos por él.

Dos años después volvimos al Secretariado. La relación oficial con la Coordinadora Guerrillera se deterioró durante el gobierno de Barco, que centró todo su esfuerzo de paz con el M-19. Con Gaviria y la Constituyente se abrió una esperanza de paz que poco a poco se fue agotando. La desmovilización a cambio de la participación en la Asamblea Constituyente era un negocio muy difícil, y más si se tiene en cuenta que el tiempo que había para hacerlo resultaba muy corto. Pero todavía unos meses antes de la votación para la Asamblea Constituyente muchos acariciábamos la ilusión de ver a la CGSB (Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar) en el recinto de sesiones defendiendo sus tesis políticas. El clima que vivíamos era propicio para una negociación exitosa. El país hubiera sellado el acuerdo con una ovación cerrada.

Con la esperanza –que hoy reconozco pretenciosa e ingenua- de acercar las distancias entre las Consejería de Paz y la Coordinadora, organizamos un segundo viaje al Secretariado. Consulté, al título personal, mis intenciones a la Consejería y decidí meterme al Sumapaz, una vez más, sin autorización alguna, ni de uno ni de otro bando. Usamos el mismo método anterior: recorrimos a partir de Cabrera el camino que ya conocíamos, hasta que la guerrilla nos paró; muy cerca de la Cabecera del Plan, donde llegamos el primero de noviembre de 1990, un mes antes de la votación para escoger candidatos a la Constituyente. Entre el morral llevábamos las transcripciones de las entrevistas que habíamos hecho en el primer viaje. La patrulla que nos detuvo se comunicó con Alfonso y nos dieron además del visto bueno para continuar el camino, cinco bestias excelentes. No olvidaré la mía, llamada El Conejo, que había sido de Jacobo. Un caballito alazán muy atento y memorioso. En tres jornadas estuvimos en Ucrania, que ya conocíamos. Cerca se había construido El Pueblito, sede del secretariado: unas diez casas de madera con luz eléctrica  generada por la rueda Pelton de Marulanda. En el centro está todavía –ya que el ejército la ha respetado- la tumba de Jacobo. Un mausoleo, para nuestro gusto un tanto pasado de moda, que en el momento en que llegamos, tenía guardia de honor permanente. Alfonso salió a recibirnos como la primera vez, y pronto nos encontramos en su casa discutiendo la importancia de la Constituyente y la posibilidad de que la Coordinadora Guerrillera participara.

Al día siguiente nos recibió Marulanda. La conversación giró en torno a la muerte de Jacobo y al vacío que había dejado. Lo notamos muy golpeado, y no nos quiso abrir la ventana para discutir el asunto de la participación en la Constituyente de la desmovilización. Estando en esas oímos un helicóptero muy cerca. Hubo revuelo general dentro de un gran control. Marulanda siguió hablando, pero se notaba que tenía una oreja en el motor del aparato. El ruido se fue haciendo cada vez más fuerte hasta oír las aspas justo encima de nosotros. Marulanda se apartó del grupo, nos pidió excusas, habló por radio-teléfono y miró desde una lomita el Black Huck sin inmutarse. Luego regresó y nos dijo: “Están con ganas de meterse” El helicóptero se alejó y dio por terminada la entrevista. Antes de despedirnos le conté que llevábamos la transcripción de la grabación para que él la conociera. Me dijo: “Si es una transcripción, ¿para qué revisarla? Lo que dije lo dije. Yo no cambio de historia cada año”.

Alfonso nos sugirió que saliéramos cuanto antes porque esperaban un bombardeo de un momento a otro. Esa noche nos mostraron un video, llamado “Aquí estamos, Putumayo”, sobre un ataque de la guerrilla a los campos paramilitares de El Azul en el río Putumayo. Nos pareció un elogio a la violencia, pero además, mostraba a la guerrilla marchando a paso de ganso como si fuera tropas soviéticas o nazis. Con franqueza y evidente fastidio se lo dijimos a Cano. Quedó en silencio un rato y nos respondió con tristeza: “Es que la guerra es monstruosa”.  

Salimos de El Pueblito hacia las ocho de la mañana del día siguiente. Nos esperaban tres días de camino. Habíamos andado una hora cuando vimos un avión negro frente a nosotros, a una distancia no mayor de dos o tres kilómetros. Nuestros guías gritaron: “Es el marrano. ¡Al suelo!” Como pudimos nos tiramos de los caballos y corrimos para cualquier lado. En ese momento se oyeron las primeras bombas. En medio del desconcierto me tiré a un hueco que resultó ser una trinchera. Una vez se calmaron las cosas, tuve que –abochornado e impotente- pedir ayuda para salir. Los guerrilleros no podían de la risa al ver mi torpeza.

El amago de bombardeo renovó nuestra intención de abandonar a marchas forzadas la zona. Lo que se veía venir era grande. Dos horas después el avión volvió con su cargamento de bombas y de terror. Llegando a Casa Verde volvimos a escuchar los totazos. Un guerrillero nos comentó: “Parece que comenzó la fiesta”. El ruido de las bombas nos siguió, cada vez más débil e intermitente, hasta que coronamos el páramo. Allá el silencio continuaba reinando majestuoso.

La noche cayó cuando entrábamos a la Cabecera del Plan y allí dormimos. Serían las tres de la mañana cuando llegaron jadeantes dos guerrilleros. Pidieron permiso y se acomodaron en el suelo. Uno de nuestros guías les preguntó cómo estaban las cosas por allá abajo, es decir, hacia Cabrera. La respuesta nos heló a los que estábamos despiertos: “Pues hermano –respondió uno de los recién llegados-, eso está lleno de chulos. Dicen que hay comisiones que vienen hacia el Plan y otras que van hacia el Duda”. La noche, pues, se acabó. Fernando y yo nos levantamos a esperar la invasión a pie. Los guerrilleros, no obstante, siguieron durmiendo. A las cinco estábamos ensillando y a las seis salimos. Esperábamos encontramos con el ejército en cualquier momento. Decidimos no salir por Cabrera sino por San Juan de Sumapaz, a donde llegamos cuando el bus de la una de la tarde estaba saliendo. A las cinco estábamos en territorio conocido, la avenida Primera de Mayo.

Atrás quedaban nuestra ilusión de paz y el miedo a los bombardeos. Adelante nos esperaba la guerra integral que el gobierno de César Gaviria declararía unos meses después.

Bogotá, octubre de 1992. 
Alfredo Molano.


(Tomado de "Trochas y Fusiles" del sociólogo Alfredo Molano Bravo)


Otras Publicaciones:

La mítica Casa verde Parte 1:


La mítica Casa Verde Parte 2:

Julián Conrado le escribe al Mov. Jaime Bateman:





jueves, 29 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Tanja Nijmeijer: La muerte del Mono Jojoy

Novena entrega de "Relatos de la Violencia"


Relato de Tanja Nijmeijer, la Holandesa de las FARC, sobre la muerte del Mono Jojoy



 

Los días transcurrían con tranquilidad, nosotros estábamos trabajando normal. El Mono Jojoy nos daba charlas en el aula por la mañana, a veces por la tarde también. Me acuerdo que el día antes del bombardeo habíamos visto una película colombiana, Retrato de Mentiras o algo así. Trabajábamos sobre todo haciendo trincheras pues había mucho sobrevuelos de la aviación. Al flanco derecho y al flanco izquierdo del campamento se escuchaba mucho plomo, pero el Mono decía que él no se iba a salir de ahí. Estaba dirigiendo personalmente las peleas.

A veces faltaba el dulce, a veces el café, pero estábamos bien abastecidos. Preciso por esos días habían llegado cigarrillos y los fumadores andábamos contentos.

En esos días, la diabetes tenía al Mono bastante mal. Estaba muy enfermo, mas sin embargo nunca se dejaba achicopalar por la enfermedad. Recibía a los mandos, hacía reuniones de mandos y nos daba las orientaciones. Por las tardes se dedicaba a la orquesta que había creado unas semanas atrás. La orquesta llegaba hasta su oficina y ahí se ponían a componer y a ensayar nuevas canciones. El escuchaba y cantaba. Desde mi caleta yo lo oía cantar todas las tardes.

También andaba por el campamento pero se le notaba el esfuerzo que le tocaba hacer. Se movía para todos lados con una silla de esas de plástico. Llegaba a la rancha y ponía su silla y ahí se sentaba a joder a la gente; se iba para otro lugar y otra vez se sentaba a recochar. Pero todo eso era dentro del campamento porque él ya no podía marchar.

Durante la última marcha que hicimos, en junio del 2010, a él tocó cargarlo en hamaca. Me acuerdo que cuando llegamos a nuestro destino, yo me quedé esperando a que él pasara y me di cuenta que lo estaban cargando en hamaca y a mí me impresionó mucho eso, no sólo porque era el comandante, sino porque habíamos cruzado los terrenos más imposibles y peligrosos a su lado. Verlo en hamaca a mí me dio muy duro. Cuando pasó por donde yo estaba, seguro él se dio cuenta de mi asombro y levantó el puño y me gritó: “!vamos por la Copa, Holanda!”, por lo que estábamos en semifinales del Mundial de Fútbol.

En las semanas anteriores al bombardeo, cada nadita hacíamos simulacros en las trincheras. El Mono nos había anunciado que se venían bombardeos masivos contra la Serranía de La Macarena, así que los ensayos eran permanentes. Usted se acuesta, de repente llaman y usted se mete lo más pronto posible a la trinchera con fusil y con pecheras. La noche anterior al bombardeo hicimos esa maniobra tres veces. 

La tarde del 20 de septiembre habíamos tenido una reunión de los secretarios. Me acosté, hubo un ensayo de trinchera, me volví a acostar y me levanté más tarde a pagar la guardia. Esa noche me tocó el tercer turno, de 10 a 12. Durante el turno todo estaba normal. Pasó un avión pero todo estaba normal. Me acosté a las 12 de la noche y a las dos de la mañana una bomba me despertó. Aunque no había caído muy cerquita de mi caleta, la bomba me despertó y yo me metí de una a la trinchera, con cobija y todo, pero sin botas, porque después de la primera cayeron tres más, una detrás de la otra. Después se hizo un corto silencio y yo salí de la trinchera, me puse las botas, las pecheras y el fusil y me volví a meter a la trinchera con rabia pues no había podido encontrar mis lentes de contacto. De repente empezó el bombardeo masivo. Desde el comienzo se notó que todo el fuego estaba concentrado en el búnker del camarada Jorge. Ese búnker quedaba como a 25 metros de la escuadra de nosotros. Todo el fuego iba concentrado ahí, las primeras cochadas de bombas. Entre bomba y bomba yo trataba de mirar pero no se veía nada, solo se escuchaba cacarear a una gallina herida. Cuando ya pasó el bombardeo masivo contra la caleta del Camarada, comenzaron a bombardear a las escuadras; la última cochada de bombas yo nunca la voy a olvidar porque una cayó a unos cuatro o cinco metros de mi caleta. 

Entre cochada y cochada nosotros escuchábamos gritar al Mono. Él quedó vivo después de las primeras bombas. Llamaba a Quino, su oficial de servicio, quien también murió esa madrugada, y le decía: “!Quino, saque a la gente, saque a la gente! Esas fueron las últimas palabras del Mono. Ahí está pintado él: Quino, saque a la gente!... 

Después de las últimas bombas, yo estaba un poco sorda. Tenía el cuerpo dormido de la cintura para arriba. Me hormigueaban las manos, los brazos, todo. En la trinchera hacía un calor insoportable, entonces yo saqué la cabeza y pensé en sacar mis cosas, mi equipo, y ahí me di cuenta de que ya no había nada. Donde estaba mi caleta ya no había nada. Un palo grande y negro había caído encima. Saqué la cabeza un poquito más y vi la caleta del Mono. Eso parecía, -como le dijera yo- un pastal, un cultivo: ya no había árboles, no había matas, todo había quedado arrasado. Todo estaba negro y se miraban llamas por aquí, por allá… 

Cuando salí de la trinchera dije: menos mal tengo mi fusil y tengo mis pecheras, así que nos vamos. El comandante de mi escuadra nos estaba llamando a todos y nosotros respondimos, así que dio la orden: ¡Vámonos saliendo, muchachos! Salimos por un filo. Éramos 17, el bombardeo ya había pasado pero entonces comenzaron a ametrallarnos. Seguimos subiendo como una hora y media hasta que coronamos el filo y ahí me puse debajo de una roca. Saqué mis lentes de contacto, me los puse y por fin me sentí lista pa las que fuera. 

Una parte de la escuadra se devolvió a pelear. Trataban de impedir que el ejército desembarcara en el campamento, mientras otros nos dedicamos a evacuar a los heridos, a sacar economía, munición…Duramos casi todo el día en esas. 

En los siguientes días nunca salimos del área de combate. Escuchábamos los aviones, escuchábamos las peleas y casi no oíamos radio. Estábamos dedicados a tareas militares. En las exploraciones a veces encontrábamos panfletos que decían: “Murió el terror de La Macarena, ya Alfonso Cano lo está pensando, usted que va a hacer?”. A nosotros nos daba risa. A los que botaban los panfletos se les olvidó que los guerrilleros tenemos una consigna: los muertos no se lloran, su memoria se lleva al próximo combate. Lo que se miraba en esos días era esas ganas de la gente de salir a pelear. 

Después, con el paso de los días, a la gente le llegó la tristeza. No mira que él anduvo tantos años con nosotros? Que para muchos era como un padre…

Tomado de: http://confidencialcolombia.com/4956.html

jueves, 22 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Melisa, historia de una guerrera 2 parte


Sexta entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 2 de 4)


A Carlos le saltó un resplandor en la cara cuando le conté que había tomado la decisión. Me habló muy lindo de la revolución, del deber, del futuro. Con él todo era claro.
A los pocos días la señora fea me dijo que si quería podía ir a hacer prácticas con los muchachos. A pesar de que ella no me gustaba por lo seca, quedamos vernos en la estación de los buses el viernes siguiente a las dos de la tarde, “vestida –me dijo- como si se fuera de paseo al río Bache: con ropita vieja”. En la estación cogimos un bus para Palermo y de ahí caminamos, ya con unos muchachos que nos esperaban, hasta un punto llamado Palo Seco. El entrenamiento resultó muy aburrido. Por lo menos para mí, que esperaba algo que tuviera que ver con la guerra, con las armas, con el valor, con el misterio. Se trataba de correr por la orilla del camino durante toda la mañana y después, ya sudados, de discutir lo que llamaban la “situación concreta de la coyuntura”. Esa vez discutimos, o mejor, discutieron ellos sobre el imperialismo y el petróleo en el Huila. Para mí ese cuento era como de marcianos: ni entendía ni me importaba. Yo me la pasaba pensando en Carlos. A la semana siguiente la cosa se volvió más interesante. Después del “jogging” nos explicaron el mecanismo de las pistolas. Como yo sabía armarlas, quedé de reina. Esa noche me llamaron aparte y me comunicaron que tenía que “pagar guardia”. Sentí como si me hubieran nombrado comandante. Para mí era una gran distinción. Me tocaba el turno más difícil, el que después odié: de las 2 a las 4 de la mañana, un turno que cuesta toda la noche, porque esperando la levantada no se duerme y después tampoco, porque a las cinco tocan la diana general. Se duerme uno es en la guardia.

Esa vez la instrucción fue muy simple: “si ve subir al ejército o a los civiles, dé la alarma”. Yo me quedé pensando que de noche esa distinción era casi imposible, y que además no tenía sentido. Mi relevante era Fernando, un muchacho que en vez de dejarme sola se quedó acompañándome hasta que se cumplió mi turno y luego también, hasta que amaneció.  Nos comenzamos a gustar porque en una guardia pasan muchas cosas. Era pequeño pero muy vivo. Yo entreveraba el entrenamiento con las visitas a Carlos. Una semana para cada uno.

Hasta que Carlos salió libre. Entonces me hice su segunda porque él tenía mando en el movimiento. Nos movíamos más de lo que trabajábamos. Él iba a mi casa, donde se hizo amigo de mis papás; íbamos a cine; vimos los miserables; leímos filosofía, que me parecía demasiado mamona. Mi fiebre era el monte, los campesinos que sabían manejar armas. Yo sabía que luchábamos contra la injusticia y eso era suficiente. Pero Carlos, como para provocarme, sólo me dejaba ver por encima, y de lejos. Yo sabía que él hacía cosas serias, se le veía, pero nada, no me daba sino la prueba.

Mi papá, que sabía todo porque yo se lo contaba, era muy comprensivo. Pero mi mamá era celosa, y me peleaba mucho. Nunca supe si porque había dejado de ayudarles a sus amigos, o porque me soñaba una profesional. Ella quería que yo fuera médico o ingeniera, pero yo ya había cancelado ese cuento. Sin embargo, seguí viendo a Carlos y él me trataba como a una niña bien. Me hacía visita de sala, me cogía la mano de cinco a seis, y no le gustaba que yo me vistiera –decía él- como un gamín. A él le gustaba la faldita plisada y a mí los jeans.

Fernando volvió a invitarme a los entrenamientos. Para poder asistir me tocó hablarle claro a mi papá y él me ayudó, como siempre. Nos inventamos que mi abuela estaba enferma en Suaza y que yo tenía que ir a cuidarla los fines de semana. Volví a quedar en una posición incómoda porque Fernando también me gustaba. Me enseñó los secretos de la carabina M1, me enseñó el mecanismo de las granadas, me enseñó a explotar bombas molotov. Me pasaba su tensión y pagábamos guardia juntos.

Un día miércoles, Fernando llegó agitadísimo a contarme que tenía que irse a hacer un reemplazo en un operativo de verdad. Cuando yo oí la palabra “operativo” se me soltaron las piernas. Me tocó sentarme. Hasta ese momento habíamos estado jugando. Como él era tan franco y estaba tan asustado, resolvió contarme de qué se trataba: ni más ni menos que de la Caja Agraria del Guamo. Con tantoentrenamiento no se podía echar para atrás, así que nos despedimos en el monumento de La Gaitana y se fue a cumplir la cita. Me despedí sabiendo que no volvería a verlo. Me quedé prendida del radio. A la una de la tarde anunciaron que habían dado de baja a tres delincuentes que huían con un botín de cinco millones. El carro se había varado y los asesinaron sin que ellos pudieran disparar un solo tiro. El Espacio publicó al otro día la noticia y las fotos. Mi mamá puso el grito en el cielo ¡Yo con ese dolor y ella gritando! 


La muerte de Fernando fue el motivo para romper con el Eme. Me fui a llorar a Suaza, donde mi abuela, para que mi papá pudiera visitarme. Poco a poco me pasó el yeyo y volví a la casa. En vez de la revolución me puse a hacer carpeticas. No quería nada con nada. Le prohibí a Carlos que volviera a llamarme. Para mía la muerte de Fernando fue un punto aparte.


Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.


(Continua en unos días)

lunes, 19 de diciembre de 2011

Relatos de la Violencia: Melisa, historia de una guerrera

Quinta entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 1 de 4)

“Pase lo que pase de aquí no me muevo”, dije, y me senté. Me senté como si hubiera nacido ahí, en ese sitio, debajo de una cócora altiva desde donde se ve toda la hoya del río Palo hasta Santander de Quilichao.
“Sentarse a llorar no es un buen principio cuando se ingresa a la guerrilla”, pensé, cuando en esas me volvió la vida al cuerpo. “Si yo tengo que acostumbrarme a estas montañas –dije-, ellas tendrán que acostumbrarse a mí. No hay caso de ser lo que no se es”.

Esa mañana habíamos salido de la terminal de buses de Ibagué y casi dormida había llegado a Santander. Allá me dejó Villafañe en manos de un compañero campesino llamado Bagazo. Corto de palabra, lo primero que dijo fue que con la ropa que llevaba puesta no iba a llegar a ninguna parte, y sin más explicaciones fue a comprarme unas botas de caucho, un pantalón caqui y una camisa habana. Quedé como disfrazada de Añoviejo: todo me colgaba, porque al compañero no le importaba las tallas sino los colores. Por eso me hizo dejar mis straples rojos, mi falda amarilla y unas sandalias nuevas que acababa de comprar. Cuando me miré en el espejo comencé a llorar, a llorar como una huérfana. Tenía por costumbre arreglarme frente al  espejo el uniforme militar que me ponía para jugar con mi papá “al desfile”. El había estado en el ejército y guardaba todo lo que lo había hecho feliz en cuartel: uniformes, condecoraciones, pistolas. Es ese mismo orden me ponía sus recuerdos. Cuando ya estaba lista él me revisaba muy despacio, toda, de arriba abajo. Sentía su mirada recorrerme buscando una falla, y esperando que comenzara a darme voces de mando. Entonces yo no me cambiaba por nadie. Era feliz.

Mi papá había alcanzado a ser sargento primero en el ejército. Le tocó la violencia dura en el Quindío, y a veces nos contaba las peleas con la chusma y los encuentros con el propio Tirofijo, en el Páramo de Las Hermosas. Poco le gustaba hablar de esto porque era dirigente sindical y porque sabía que mi mamá recibía gente del monte en la casa.

Con mi mamá, en cambio, hicimos otro mundo, más real, más duro. Los amigos que venían a visitarla, siempre oliendo a humo, eran también mis amigos. Llegaban a la casa embarrados y sudados y nosotros les dábamos una muda limpia, recién planchada, que siempre teníamos lista. Duraban pocos días, hablaban poco y se iba por donde habían llegado, sin decir ni adiós ni hasta luego, cosa que me molestaba porque unas gracias no le quitan nada a nadie. Yo no sabía quiénes eran, pero de verlos tanto tampoco me importaba.

Un día mi mamá me llevó al Parque Santander en Neiva, donde vivíamos, a una manifestación. Dábamos vueltas y vueltas refundidos entre la gente, hablando pendejadas, hasta que alguien gritó: “¡Ahí llegan!” Entonces nos juntamos y comenzamos a cantar el himno nacional. De una radiopatrulla bajó Humberto Moncada, que venía esposado. Alguien le dio un clavel rojo y él lo levantó, haciendo con la otra mano la V de la victoria. Humberto era uno de los amigos de mi mamá y ese día, por primera vez, supe quiénes eran.


Los juegos con mi papá y los amigos de mi mamá me hacían sentir diferente a todas mis compañeras del María Auxiliadora. En ese colegio yo sobraba. Así que la monté para que me cambiaran a un colegio nacional, al José Eustasio Rivera, donde tenía amigas que, por lo menos, se vestían como yo. Después de pelear y pelar, mi mamá aceptó el cambio.

En el nuevo colegio había consejo estudiantil. Yo comencé a colaborar porque mi papá me había explicado de qué se trataba el cuento. El era dirigente sindical de los ferrocarriles y creo que hasta trabajaba para el Partido Comunista. Sacamos una cartelera denunciando las injusticas de los profesores, discutiendo el contenido de las materias y denunciando al imperialismo yanqui. Yo era la encargada de conseguir recortes de fotografías para ambientar el mural y así me fui resbalando en este mundo. Me sentía segura porque tenía mis cartas escondidas: los uniformes de mi papá y los amigos de mi mamá. Me gustaba vivir el juego de tener dos vidas: la de estudiante y colaboradora del consejo estudiantil, y la otra, que no nombraba por su nombre para no quitarle es misterio que tenía. Cuidaba mis dos vidas para no dejar que se enredaran.

Los desfiles con mi papá progresaban. De los uniformes y las historias sobre la violencia pasábamos al manejo de armas. Me enseñó a desarmar la pistola hasta que llegué a hacerlo con los ojos vendados y así ascendí, en el escalafón que teníamos, a cabo segundo. Por el otro lado, mi mamá me mandaba los domingos, que era el día de visita conyugal, a ver a sus amigos presos en la cárcel. Había que llegar a las tres de la mañana para hacer la cola. Se entraba sin calzones, para que con sólo levantarse la falda nos dejaran pasar sin tocarnos.

Humberto era un duro. Muy respetuoso. Yo le entregaba la carta en la celda, él la leía con cuidado y la respondía. Mientras tanto yo miraba su altar: recortes de la revista Unión Soviética pegados en la pared, con fotos de Marx, Engels, Lenin, trigales de Ucrania y edificios de Moscú.

En el colegio me nombraron representante del quinto año al consejo estudiantil. Me sentía presidente de la república. Mi primera tarea consistió en ayudar a organizar una manifestación, junto con la gente de la Universidad Surcolombiana, para protestar contra los bombardeos que el ejército estaba haciendo en la región de El Pato, Balsillas y Guayabero. Fue una manifestación muy bien organizada. Salimos del Colegio en fila de tres en fondo hasta la carrera quinta, donde nos encontramos con la gente la Universidad. Llegando al monumento de La Gaitana un piquete de policía nos cerró el paso. Veníamos coreando consignas contra el rector, contra el gobernador, contra el imperialismo yanqui y a favor de las residencias. Al detenernos la policía, fuimos rompiendo fila y amontonándonos para oír lo que los dirigentes discutían con el coronel, cuando de golpe cargaron a garrote. Todos corrimos hacia atrás y comenzamos a sentir las bombas de gas lacrimógeno que pasaban raspándonos. Una de ellas le dio en la cabeza a un pelado que corría cerca a mí. Oí su grito. Me devolví y el muchacho estaba sangrando. Lo alzamos y lo sacamos del tropel. Nos dimos cuenta de que el golpe le había sacado un ojo. Pedíamos a gritos una ambulancia. Nadie nos ayudaba hasta que llegó la policía, alzó con el  muchacho y de paso con todos los que estábamos con él.

Fuimos a parar todos a la estación, incluyendo al del ojo, que estaba en las últimas, o así nos parecía. Les gritábamos a los tombos que no fueran asesinos, que atendieran al herido. Ellos nos respondían que nosotros éramos comunistas y chusmeros. Por fin, cuando ya no había nada que hacer, cargaron con el pelado para el hospital. A nosotros nos reseñaron, pero a la mayoría nos tuvieron que soltar porque no habíamos cumplido los dieciocho años reglamentarios. En la estación nos habían plantoneado durante casi seis horas. A mí me había tocado al lado de un compañero de la Surcolombiana llamado Carlos. Estudiaba química y en vez de maldecir y de insultar a la policía, recitaba pedazos enteros de Juan Salvador Gaviota, un libro que yo conocía muy bien porque lo leímos con mi papá. Cuando comenzaron a soltar a los menores, él me pidió que llamara a un número y dijera simplemente: “Carlos está preso”. El sabía que lo iban a dejar porque lo tenía fichado. Así fue. A la salida llamé por teléfono y dije lo que tenía que decir. La mujer que me contesto me pidió el favor de volver a llamarla al otro día. Muy intrigada así lo hice. 

Me preguntó si nos podíamos ver. Le dije que sí, que claro. Sagradamente cumplí la cita. Ella me tenía que identificar por una boina negra. Casi no puedo dormir la noche anterior del goce de tener que conseguir una boina negra y de ir a una entrevista tan rara. En la calle, esperándola, sentía que todo el mundo me miraba. Después de un rato se me acercó una mujer muy fea: no se parecía a la voz que me había hablado por teléfono, pero de todas maneras me puse a sus órdenes, y órdenes fue lo que me comenzó a dar, sin más no más. Me dijo que si yo podía ir a la cárcel donde habían trasladado a Carlos a llevarle un mensaje. Respondí que sí, que yo podía hacer eso. Me dio un bodoque de papel envuelto en cinta pegante, me pidió mi teléfono y quedo en llamarme.

Yo fui a la cárcel y le entregué a Carlos el correo. Era un hombre muy claro. Tenía los ojos altos, como con algo muy importante que decir. Era suave. Me pidió que volviera. No quise hacerlo hasta cuando pensarlo se convirtió en mi noche y me día. Lo acusaron de ser enlace de la guerrilla y le montaron un consejo de guerra. Yo no entendía mucho, pero me parecía muy interesante lo que pasaba. Comencé a visitarlo cada domingo. Dejé de ayudarle a mi mamá con su Humberto y me dediqué a lo mío. Me volví correo entre Carlos y su gente, que era gente del Eme.

Un día dijeron que si yo quería ayudarles en firme. Les contesté que sí, estaba destinada –porque así lo sentía- a esa vida.

Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.

(Continúa en breve)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Relatos de la violencia: Álvaro Fayad parte 3


Cuarta entrega de "Relatos de la Violencia". 


Álvaro Fayad (Parte 3)
De la lucha guerrillera


Me vinculé a la Anapo.

Al comprobar el auge de ese movimiento de masas, mucha gente de izquierda hizo lo mismo.
Al día siguiente de las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970, cuando le arrebataron el triunfo a la Anapo, protesté en las calles con la gente. Pero no pasó nada: el general Rojas se asustó y nosotros no teníamos armas. Sin embargo, ese día quedó en mi memoria para siempre… Yo fui quien insistió después en que nuestro movimiento se llamara así, Movimiento 19 de Abril. Algún día esa fecha,  que recuerda la derrota del pueblo colombiano, se convertirá en el símbolo del triunfo.


Por esa época me hice amigo de Pablo (Jaime Bateman). Él estaba en Bogotá, parado en una esquina del centro, en frente de un teatro donde presentaban películas dobles, de vaqueros… Hablaba desde un teléfono público. A su lado, en el suelo, había un atado mal envuelto en papel periódico, amarrado con cabuyas en desorden… Ya su cara me era conocida. Ya sabía yo que él era un costeño importante, un alto dirigente guerrillero…

Jaime Bateman Cayón
Me le acerqué. Me saludó. Me contó entonces que mataba el tiempo. Que esperaba el momento de acudir a una cita. Que el paquete que tenía a su lado estaba lleno de boletines clandestinos del Estado Mayor de las FARC. Que él los escribía. Que picaba los sténciles. Que los sacaba en mimeógrafo. Que hacía los paquetes. Que los distribuía en Bogotá…

Me dijo, además, que no tenía dónde hospedarse.
Lo invité a mi apartamento. Se sentó a escribir. Acabó todo el papel que me habían dado para que yo hiciera una revista. Textual iba a ser su nombre. La teoría revolucionaria analizada a al luz de las nuevas experiencias en Centroamérica y de Brasil iba  a ser el tema.
Pablo permaneció unos días en mi casa. Siempre estuvo hablando, hablando…

-¡Para qué escribir sobre la lucha armada si aquí se está haciendo! ¡Hay que hacerla! –repetía- Tantos libros que usted tiene… Pura carreta… ¡Los hechos, los hechos! –insistía.
Y Pablo hablaba… Con frecuencia, yo me reía al oír las cosas tan graciosas que decía.

(Cuando lo mencionan, me sonrío… Eso nos ocurre a todos los que lo conocemos. A los presos nos torturaron varias veces para que les dijéramos a los militares por qué nos sonreíamos cuando nos preguntaban por Bateman. Para saberlo, tendrían que conocerlo… Ahora recuerdo la época posterior al robo de las armas del Cantón Norte. Él permanecía horas enteras sentado en una hamaca escuchando por radio las noticas desastrosas: capturados muchos miembros del M-19, preso Iván, encontrada la mayor parte de las armas… Mientras tanto, Pablo no hacía más que cantar “La Ley del Embudo” con el radio al oído. ¿Sí sabe que él estaba empeñado en que ese vallenato fuera el himno del M-19? Al respecto hubo debates, reuniones, peleas… Pero no logró convencernos, ¡Cosa bien extraña!)

Como le decía, cuando lo conocí, Bateman me convenció en unas horas de que me fuera para el monte.
Hacía tiempo que la lucha armada me daba vueltas en la cabeza. Pero yo no creía que las FARC pudieran desarrollar la lucha de manera tal que llegaran a la toma del poder. Sin embargo, Pablo insistía en que a raíz de la Quinta Conferencia de las FARC donde su jefe, Manuel Marulanda Vélez, planteó que la guerra debía llevarse a los centros neurálgicos de la producción, las FARC iban a cambiar. Y a eso estaba dedicado Pablo. A crear grupos urbanos que desarrollaran esa nueva concepción de la lucha en el seno de las FARC.

Entonces pensé que la teoría tiene que probarse en la práctica… Y abandoné el proyecto de la revista. Y dejé picados los primeros sténciles. Y me dediqué a ayudarle a Pablo a publicar Resistencia, los boletines clandestinos del Estado Mayor.

Y me fui para las FARC.
Recuerdo esa mañana…
Hacía frío. El cielo era plomizo.
El día estaba gris. 

Tomado de: Siembra Vientos y Recogerás Tempestades. Patricia Lara.


(En unos días continuamos con un nuevo relato)