Movimiento Jaime Bateman Cayon: Epoca de la violencia

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miércoles, 4 de enero de 2012

Relatos de la Violencia: La mítica Casa Verde 2 parte


Entrega Once de "Relatos de la Violencia"

La mítica "Casa Verde" (Parte 2 de 3)





Por lo que vimos en La Caucha, las relaciones entre Jacobo y Marulanda eran respetuosas e intensas. Pero conservaban una cierta distancia, que inclusive en lo cotidiano era física. Vivían separados. Cada uno tenía su propia escolta y su cocina aparte. Manuel bajaba de su casa acompañado de un perro y armado con una M1 –el arma según él mejor diseñada-. Jacobo no subía casi nunca.

Los retazos de autobiografía que nos contó Jacobo nos llevaron a pensar en la posibilidad de hacer una serie de historias de vida. No sólo con Jacobo y Marulanda, sino con guerrilleros y guerrilleras de tropa. A Alfonso le sonó la iniciativa y nos dijo que lo iba a proponer al Secretariado. Jacobo aceptó de inmediato; Manuel, más retrechero, pidió un tiempo para pensar. Jacobo se sentó frente a la grabadora y nos atiborró de discursos altisonantes que no nos sirvieron para nada porque carecían de substancia. Marulanda nos pidió que le explicáramos por escrito para qué queríamos saber de su vida y qué preguntas le íbamos a hacer. En cuanto a los guerrilleros y guerrilleras de base, no nos pusieron ninguna limitación. Alfonso nos dijo sonriendo: “Cojan al que se deje”.

Mientras Marulanda nos contestaba, nos dedicamos a hacer algunas entrevistas. Conversamos largo con Joselo, pero el viejo era astuto y lo que era realmente interesante lo contaba de tal manera y a tal nivel de voz que no quedaba grabado. Además, el Secretariado le había prohibido hablar con periodistas porque había cometido hacía poco tiempo una grave imprudencia, al declarar a la revista Vea que en el Amazonas no se movía una hoja sin su consentimiento. Entrevistamos a Munición, un compadre de Marulanda, nacido en Génova, que lo acompañaba desde los días en que eran tan sólo liberales. En el libro, Munición cuenta la historia de limpios y comunes. Hicimos grabaciones también con guerrilleros de base. La historia de una muchacha nos conmovió particularmente. Parte de esa historia intensa, contradictoria y adolorida pero llena de fe, la cuenta Melisa, que es el único personaje del libro construido a partir de muchas voces.

Por fin, cuando habíamos perdido la esperanza, Marulanda nos invitó a su casa. “Para conversar”, nos advirtió. De todas maneras subimos armados con grabadoras y casetes. Nos recibió Sandra, su compañera. Una muchacha mucho más joven que él, alegre pero discreta. Había sido maestra de escuela hasta que Marulanda se encontró con ella. La casa en que vivía la pareja y donde hicimos la entrevista tenía un solar, cercado con cañabrava, donde Manuel cultivaba cebolla, arracacha, maíz. A diferencia de las otras casas, ésta tenía piso de barro, salvo la alcoba principal, y además de una cama doble había una pequeña mesa con radioteléfono. Los libros de Marulanda eran pocos.Recuerdo obras del Che y de Lenin, un libro de Páginas escogidas de Murillo Toro. Las mejores oraciones de Jorge Eliécer Gaitán y un Manual de electricidad práctica. Tenía muchos folletos y una foto de él con Sandra el día del matrimonio.

Cuando llegamos, Marulanda estaba ocupado reparando una planta de luz eléctrica. “Es –según nos contó Sandra- su goma. Arma y desarma plantas de luz todo el día. Pero no sólo eso, sino que ahora en El Pueblito, a donde nos estamos trasladando, está construyendo una gran rueda Pelton que producirá más de doscientos kilovatios”. Al rato llegó el viejo y nos aclaró, al oír que estábamos hablando del trasteo, que había que trasladar al Secretariado porque la loma de La Caucha era muy peligrosa para un bombardeo. “Como estamos en destapado y el terreno es parejo, a un avión no le cuesta trabajo meterse. Ustedes saben que en los gobiernos uno no se puede confiar porque los manejan los militares. Ahora las cosas están aliviaditas, pero en cualquier momento vuelven a la guerra. Ya lo sabemos y por eso estamos tomando medidas. No es que abajo, a donde vamos a vivir, no puedan bombardear, pero allá la montaña está más cerrada y las lomas más juntas. Digamos que les cuesta más tiempo entrarnos”.


Marulanda es un hombre tímido. Le pidió a Sandra, cortésmente, que acercara una botella de whisky y nos acompañara. La llamaba “compañera”, con más ternura que autoridad. Se tomó un trago antes de preguntarnos qué queríamos. Le respondimos que tratábamos de hacer una historia de su vida. Nos interrumpió diciéndonos: “¿Eso para qué? Yo no tengo historia, y yo no he hecho más que bregar para que no maltraten a la gente. Eso es todo lo que yo tengo que decir: lo demás son pendejadas. Además, Arturo Alape vino con el mismo cuento, así que lo que yo les diga ya se lo dije a él. Ustedes llegaron tarde. Yo acepto la conversa porque Cano me lo pidió y no porque esté interesado en contar mentiras”. Así comenzó la entrevista. Lo que hablamos quedó grabado y, a pesar de que en el libro –repetimos- es Munición el que cuenta en la persona de Marulanda fue tomada de la transcripción y cotejada con la grabación original.




Marulanda se tomó sólo uno o dos tragos, los necesarios para superar la timidez. Conversamos desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Sandra nos cocinó una gallina. Y cuando la entrevista terminó, volvió a su tema preferido: la paz. “Es que yo estoy buscando la paz desde hace muchos años. Me tocó inventarme esta guerra para que me oyeran a mí y a la gente que por mi boca habla, pero al gobierno no le conviene la paz, porque, entonces, ¿qué hace con los militares? Uno pide una cosa y le responden que no, que no se puede porque la Constitución no lo permite. Entonces uno propone el cambio de Constitución y le responden que no, que eso es anticonstitucional. No dejan sino el camino de la guerra o el de la entrega. Y el de la entrega va a ser muy difícil, porque uno tan viejo ya no está para esas. Nos piden que entreguemos las armas, pero esas armas son nuestras, las hemos conseguido peleando. Vamos a ajustar cuarenta años de pelea. Si ellos quisieran hacer las pases, en una hora las hacemos, pero si no quieren va a ser como muy difícil, pues para ellos todo es anticonstitucional”. 

Esa última palabra del discurso nos acompañó todo el camino. Después de la entrevista con Marulanda poco nos quedaba por hacer. Al día siguiente, a las siete de la mañana, nos tenían los caballos listos. Marulanda salió a despedirnos, nos dio la mano y se devolvió con su perro y su M1. Jacobo, en cambio, no dejó de carcajearse, de echar discursos, de dar órdenes y de recochar. Le pedimos que posara para una foto y nos sacó la lengua. Lo tuvimos muy cerca, pero no logramos verle los ojos. Las gafas los ocultaban totalmente. Nadie nos ha podido decir nunca cómo eran los ojos de Jacobo.



(Tomado de "Trochas y Fusiles" del sociólogo Alfredo Molano Bravo)

Continúa en unos días...


Otras publicaciones:


Carta del Movimiento Jaime Bateman Cayón al Camarada Julián Conrado:
http://movimientojaimebatemancayon.blogspot.com/2011/12/carta-del-movimiento-jaime-bateman.html


Respuesta de Julián Conrado al Movimiento Jaime Bateman y su nueva canción:

http://movimientojaimebatemancayon.blogspot.com/2011/12/carta-de-julian-conrado-al-movimiento.html

viernes, 23 de diciembre de 2011

Relatos de la violencia: Melisa, historia de una guerrera 3 parte


Séptima entrega de "Relatos de la Violencia". La historia de Melisa, un mujer en la guerra colombiana.

MELISA
(Parte 3 de 4)


Duré un tiempo apartada de todo. Ni estudiaba, ni iba a cine, ni salía con los muchachos, y mucho menos trabajaba en el consejo estudiantil. A puros empujones acabé sexto y me gradué, desganada. Mi mamá montó la cantaleta con la carrera. No hacía otra cosa que ponerme ejemplos con mis primos ricos y con mis primos pobres; con mis hermanos, ambos profesionales, y con mis hermanas, ambas casadas y encerradas haciendo oficio en la casa. Yo la oía como quien oye llover. Pero algo me salpicaba. Me presenté al ICFES porque quería estudiar enfermería a pesar de todo. Pasé las pruebas con muy buen puntaje. Podía así pensar en cualquier carrera. Mi papá insistía en respetarme y me dejó en libertad: “Haga usted lo que haga, siempre será hija mía”, decía.

A la casa seguían llegando los amigos de mi mamá. Ella trataba de que no se demoraran y de que poco hablaran conmigo. Pero como los quería tanto, no había nada que hacer. Decidió ponerla suerte en manos de Dios y tal como lo temía, pasó. En una de esas llegó un tal Villafañe. Un negro bien para él, de bigote y ojos negros brillantes. Me llamó la atención porque vestía  una camisa de rayas horizontales y un pantalón de rayas verticales. Lo llamé el señor T. Para mí un cucho. Mal contados tendría unos 35 años. Era un buen contador de historias de guerra, y lo hacía de tal manera que se colocaba de héroe sin mencionarse. Muy astuto. Tenía los dientes separados, y cuando se reía se le veía por ahí, dando vueltas, algo de fiera. Yo sentía que el cuento volvía a comerme. Una tarde acompañé a Villafañe donde el médico. Mientras esperábamos me contó una historia que me hizo reír mucho y que me fue soltando otra vez. Resulta que la comandancia del frente ordenó la toma de Rionegro, Huila, un pueblo pequeño construido por los militares en los años sesenta para montar una base desde donde atacar a Riochiquito, república de Ciro Trujillo.

Para hacer inteligencia, el mando había destacado a un par de indígenas paeces que se llamaban dizque Walter y Elizabeth, nombres, claro, de guerra. Fueron, hicieron la inteligencia y volvieron. En el informe dijeron que había varias “trincheras”. Pero a la hora de la verdad la guerrilla resultó sitiada por un anillo de policías porque las tales “trincheras” eran túneles. Ellos habían confundido las palabras. Por ahí se escapó el enemigo y cogió a los muchachos por la retaguardia. Mataron a varios guerreros. Villafañe se reía de esto y a mí me hacía gracia que él tuviera sentido de humor a pesar de lo negro de la historia.

Así pasó un tiempo. Él me contaba las cosas como para entretenerme. Pero a mí por dentro todo se me iba cocinando, hasta que le pedí ingreso. Le dije: “Si alguna vez resuelven pedir mi militancia, yo diría que bueno”. Parecía una declaración de novia. Villafañe no me respondió nada. Su silencio, bien pensado, me dio rabia y al mismo tiempo aumentó mi gana. A los tres meses volvió el tipo y me dijo que se había aceptado mi solicitud, y que –si todavía estaba dispuesta- nos iríamos el domingo siguiente, el Día de la Madre. Me quedaban cuatro días para arreglar mis cosas, decirle a mi gente y –pensaba yo- hacer maleta.
De entrada le conté a mi papá. Él me respondió: “Ay, mija, eso es muy duro; usted no sirve para eso. Si no le gusta hacer oficio aquí, ¿qué va a ser capaz de andar por allá en esos páramos sin comida ni casa? Eso no. Eso déjelo para los que estén acostumbrados a echar pata. Usted ya estudió: salga adelante”. “Pero papá –le argumenté-, uno se acostumbra a todo; usted mismo me ha enseñado a querer este país y a buscar una salida diferente a la del hambre y la desesperación, así que yo me voy”. “Usted verá –volvió a decirme-. Eso usted sola lo decide. Yo no voy a decirle si sí o si no”.

A mi mamá no quise comentarle nada. Pensé que era mejor que me diera el beso y la bendición de todos los días, y así tampoco le dañaba la fiesta de la madre. Desde que Villafañe me anunció el viaje, abrí mi maleta y comencé a echar mis cosas: todo lo que traía un recuerdo lo echaba. Era un arrume de Blue Jean, camisas y cinturones, un medio transistor, un costurero pequeño, una máquina para afeitarme las piernas y las axilas, un perfumerito de conchas rosadas, un espejo con tapa de carey, una bolsa de peluche llega de cosméticos; una chompa de piel y otra de cuero, mis tenis rojos y mis botas negras, dos balacas de terciopelo, una sudadera gris que me había regalado mi mamá en navidad y estaba sin estrenar, un álbum de fotografías y un libro secreto, Juan Salvador Gaviota; una colección de monitos de “Amor Es”, un tulipán de yeso y el estilógrafo que me había regalado mi papá cuando aprendí a leer. En fin, me quería llevar todo lo que dejaba. Cuando Villafañe se dio cuenta me dijo: “No, si usted no va para el convento, sino para el monte. Allá lleva sólo lo que es capaz de cargar, que su caso –me dijo mirándome las caderas-, no serán más de tres kilos. Lleve sólo un blue jean, dos camisas y unas botas. Lo demás déjeselo a guardar a su mamá”. Ese “mamá” me sonó como un irrespeto. De todos modos eché algunas cosas y dije: “si tengo que botar algo, lo hago por allá”.

A mi mamá le dejé una carta que decía más o menos que me iba para la guerrilla porque quería hacer algo distinto; que  a mí no me faltaba nada en la casa, pero que me creía con el deber de hacer un país donde todos cupiéramos; que me perdonara las lágrimas y las angustias que mi decisión le iba a causar, pero que en el fondo seguía el ejemplo que me había dado. Escogí terminar una frase que Carlos me había escrito en un memo: ser revolucionario es el puesto más avanzado a que un hombre puede aspirar, y me despedía diciéndole que si algún día yo moría, esperaba que ella fuera fuerte.

El domingo cogimos un bus para Ibagué. Allí nos quedamos dos días mientras Villafañe hizo una vuelta que a mí me parecieron misteriosísimas. Después nos montamos en un Bolivariano para Popayán, pero pasando por Santander de Quilichao el hombre me dijo: “aquí es, llegamos”. Villafañe miraba mi maleta pero no decía nada. Yo la cargaba armada de valor. No quería dar el brazo a torcer. Hacía como si no me importara. Cuando nos bajamos me presentó al compañero encargado de llevarme hasta el comando. Yo quedé a su disposición. Me dijo que se llamaba Hugo, pero que le decían Bagazo. Me preguntó cómo me llamaba y le di mi nombre verdadero, Elisa. Era campesino, medio indígena, muy seco. Me sentí de golpe muy ajena a ese mundo en el cual –pensaba yo- tendría que pasar el resto de mi vida. Si la gente por la que estaba dispuesta a luchar era toda tan dura como Bagazo, lo mejor era no esperar a que me dieran las gracias, pensé, y me reí.

Como adivinando lo que pensaba, me dijo: “Usted deja aquí toda su pendejada o no sube”. Solté mi pendejada y me monté en el carro que nos esperaba. Pero comencé a llorar loma arriba. Creo que sólo se oía el motor y mi chirimía, y para ajustar comenzó a llover. Llegamos a Tacueyó ya de noche, y sin haberme avisado, comenzamos a caminar hasta eso de las diez de la noche. Yo no sabía manejar esas botas, que además me quedaban grandes. Me caí muchas veces. Bagazo no hacía más que maldecir su suerte. A eso de las diez llegamos a un arrimadero que ellos tenían. Esa noche no pude dormir porque tenía un ojo puesto sobre la respiración de Bagazo. El menor cambi0o me dejaba sentada en la cama. Pero no pasó nada: el hombre era brusco pero correcto. Amanecimos en un sitio que se llama Santo Domingo, una hoyada llena de palmeras de páramo. Había miles. Era raro ver tanta palma entre la niebla y el frío. Había miles. Era raro ver tanta palma entre la niebla y el frío. De ahí salimos muy madrugados. El camino seguía loma arriba, sin ningún descanso; Bagazo no paraba de caminar. A la hora me comenzó un mareo y unas ganas de vomitar como si estuviera esperando. ¿Pero de quién?, pensaba yo, y por más que trataba de vomitar, no me salía nada. Sólo lágrimas y más lágrimas. Los pies me comenzaron a arder y a pelarse del calor.

Entonces fue cuando decidí que no daba un paso más. Me ranché y cuando pude hablar le dije a Bagazo que me matara. Pero a él le dio risa y se fue. Al rato volvió con un caballo. Yo nunca había montado en una bestia, no sabía qué era eso ni por dónde se cogía. Como las reglas cambiaron, yo cambié las mías y me fui montando en ese caballo terco y mañoso, que siempre anduvo por donde quiso sin obedecerme. Se arrimaba contra los matorrales y contra las cercas; para él el buen camino no era el mío. Por momentos tenía que cerrar los ojos porque cogía por la orillita del camino que daba a los precipicios. Yo miraba eso como un abajo que parecía un adentro, y se me cortaba la respiración. Terminé por dejar que la bestia decidiera por dónde coger. Fue el comienzo de una lección que todavía no he terminado de aprender. 


Por la noche fuimos llegando a un sitio llamado La Susa. Allá ya estaba Villafañe, que había llegado Dios sabe por dónde. Pedí permiso para calentar agua y meter los pies, que tenía desollados, y esa misma noche comenzó el problema. Tan pronto apagaron la vela Villafañe cayó en mi cama. Decía que él me había traído como su mujer, que de otra manera él no había aceptado el encarte. Le dije: “No, señor, yo vine por convicción y no por vicio. Yo no soy de nadie. Ni siquiera soy todavía mujer. Usted es un viejo degenerado”, y salí corriendo a meterme en la cama de la compañera que nos alojaba. Ella me defendió y paró a Villafañe: “Si usted sigue jodiendo –le dijo-, doy la queja al comando para que lo sancionen. ¿Usted qué se cree: la ley? ¡Sin vergüenza!

Tomado de: "Trochas y Fusiles" del Sociólogo Alfredo Molano Bravo.


(Continúa en unos días)


sábado, 10 de diciembre de 2011

Relatos de la violencia: Álvaro Fayad parte 2

Tercera entrega de "Relatos de la Violencia". ¡Vamos caminando! 

Álvaro Fayad (Parte 2)
De las luchas estudiantiles


Camilo Torres era entonces profesor y capellán de la universidad.

Era la época del movimiento estudiantil. Había dos vertientes importantes: la del Ejército de Liberación Nacional y la de la Juventud Comunista. Yo concurría a las reuniones. Leía marxismo. Leía de todo. No había tenido tiempo de digerir todavía lo que hasta ese momento había leído. Pero participaba siempre en las reuniones políticas.

Recuerdo que una vez me preguntaron que si estaba de acuerdo con la línea.
-¿Cuál línea, en dónde está la línea?- pregunté.

En la universidad existía un mundo en permanente ebullición. Aparte de la agitación política había verdadera discusión libre sobre autores y temas. Allá se estudiaba y se investigaba en serio. Es falso, como dicen, que los estudiantes sólo tiran piedra. Profundizábamos también en el estudio de las ciencias humanas: de la discusión sobre la línea y el marxismo pasábamos al análisis de Freud y de Piaget, a las clases de literatura dictadas por Jorge Zalamea, a las de filología de Patiño Rosselli, a las de filosofía con Pacho Posada y Carlos Rincón, a Hegel y Max Weber enseñados por Darío Mesa,  a los cursos de sociología de Orlando Fals… Y de ahí saltábamos al estudio de la heterodoxia, a George Lukacks, a Gramsci, a Rosa Luxemburgo, al boom latinoamericano, a Cien años de soledad… Y luego hacíamos teatro o escuchábamos jazz… oíamos a Moustakis… ¿Recuerda esa canción suya, “Avec ta goeulle de Méteque”? ¿La recuerda usted…? Se oía mucho en esa época…

Y de la música pasábamos al cine, a las películas de Bergman…  Y al cine llegábamos de robar libros en la Bucholz… Todos robábamos libros… Juan Gustavo Cobo, Nicolás Suescún –escritores hoy-, mi novia… Todos trabajaban en esa librería. Ellos sabían que nos robábamos unos cinco libros diarios en promedio. Pero se hacían los locos… Recuerdo los primeros libros que robé: El Capital de Carlos Marx y Pedro Páramo de Juan Rulfo… Y del robo de libros volvíamos a la política, a las reuniones de la Federación Universitaria Nacional (FUN), a las marchas con Camilo, a las pedreas, a la fabricación de bombas…
Sí, yo aprendí a poner bombas en la Universidad Nacional… Me enseñaron a fabricarlas dos tipos que ocupan altísimos cargos en la administración de Belisario Betancur. Ambos manejan hoy miles de millones de pesos…
-¿Que cómo se llaman?
No puedo decírselo. No quiero perjudicarlos… Pero algún día nos volveremos a encontrar.





Ingresé a la Juventud Comunista.

Un día me dijeron que debía encontrarme con un tipo muy importante y que, al verlo, lo reconocería. Él estaría esperándome en una esquina de la calle, frente a la salida principal de la Universidad. Debía entregarme algo.

Acudí puntualmente a la cita. Minutos después, un hombre alto, flaco, se situó en la acera opuesta. Su cara no me resultaba familiar, pero él me miraba. Esperé un rato. Como nadie llegó, decidí irme. Luego supe que ese tipo alto y flaco era el hombre importante al que debí habérmele acercado. El hombre que años después, al conocerlo, cambió para siempre el rumbo de mi vida: Jaime Bateman Cayón.
Permanecí poco tiempo en la Juventud Comunista. Sin embargo, fuera de ella participaba también en las actividades políticas estudiantiles. Yo estaba en la universidad cuando Lleras, siendo candidato presidencial, fue a dictar una conferencia y los estudiantes no lo dejaron hablar. Le lanzaron huevos, tomates… Él se encerró en la Decanatura de Derecho. Cuando el Batallón Guardia Presidencial acudió a rescatarlo, los estudiantes nos situamos a lo largo del trayecto de salida haciéndole una especie de calle de honor. Como él es bajito, uno tras otro le tocábamos la cabeza con nuestros cuadernos, mientras, enfurecido, Carlos Lleras se alejaba de la Universidad.

Por esa época, dedicado de lleno a la lectura, asistía también a los círculos de estudio… Y fue sólo entonces, al estar en contacto con la gente de izquierda, cuando superé por fin el deseo de vengar la muerte de mi padre: había racionalizado el problema, había entendido ya la dimensión de la tragedia de Colombia y, así, había comprendido la razón de la mía.

Ya conocía a Camilo.
Ya era amigo suyo.

Yo estaba en Cartago cuando Camilo visitó el pueblo. Vi entonces, por primera vez, que ese lugar dormido a través del tiempo era capaz de despertar… Camilo hizo que, por un momento, las gentes olvidaran sus odios de partido y se unieran en torno de él… Después de la visita de Camilo, Cartago comenzó a moverse y su pueblo a sonreír.
Pero ese alboroto de sueños duró sólo unos meses.

Un día, estando sentado en un café de Cartago, adonde antes de la visita de Camilo iban no más los liberales y ahora concurría todo el mundo, oí que alguien, a mi lado, gritó la noticia:
-Mataron a Camilo.
No creí. Permanecí un rato quieto, sin pensar… Recorrí el pueblo. Pasé junto a sus casas coloniales, desteñidas… Me detuve al frente de la iglesia. Llegué hasta el parque. Nadie hablaba. Cartago había quedado como antes: sólo se escuchaba su silencio… Entonces murmuré:
-Sí, mataron a Camilo.
Sobrevino la crisis… Murió Camilo. Mataron al Che. Se produjo la división chino-soviética. Se rompió el marxismo como teoría única. Se rompió en la discusión que siguieron Sartre y el estructuralismo. Se politizó tanto la lucha estudiantil que se volvió de minorías. Se teorizó tanto que se perdió el contacto con la realidad del país. Se multiplicaron los grupos y los subgrupos de izquierda. Los revolucionarios no supieron qué hacer… Aparecieron las crisis personales.
Comenzaron los suicidios. Todos se suicidaban… Todos los intelectuales. Todos con barbas y vestidos negros… Todos existencialistas… Todos pensando en Heidegger y su Da-Sein, todos se suicidaban… Todos lo hacían después de escuchar Jazz…

Unos se suicidaban de verdad. Otros se suicidaban tres y cuatro veces… Se tomaban el frasco de pastillas y llamaban por teléfono:
-Me estoy muriendo…

-¿Quién se suicidó hoy? –era la pregunta ritual de esa época, cuando todos los días llegábamos a la universidad.



De la crisis nos rescató la literatura latinoamericana: La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz, Comala, Cien años de soledad… Desde Carpentier hasta Carrasquilla, de Rulfo a García Márquez… Ellos nos ubicaron. Ellos lograron hacer con nosotros lo que no hicieron tantas teorías traídas de esquemas, tanta lingüística, tanta semiología, tanta marxistología, tanta sociología, tantas cosas de esas que nos habían alejado de la acción política, que nos habían llevado a abandonar nuestra propia realidad…

Tomado de: Siembra Vientos y Recogerás Tempestades. Patricia Lara.

( El relato de Álvaro Fayad continuará en unos días)

martes, 6 de diciembre de 2011

Relatos de La Violencia: Álvaro Fayad


Este es el inicio de una serie de lecturas que llamaremos "Relatos de La Violencia" en el cual, sus protagonistas nos explican el por qué decidieron tomar el camino de la lucha armada como única expresión política posible en Colombia. 

Álvaro Fayad (Primera parte)

Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo del pueblo.
Poco después de la muerte de Gaitán asesinaron a Papá: cayó tendido sobre el piso de baldosa amarilla. Un hilo de sangre inundó de rojo su camisa blanca… corrí a la cocina. Llené un vaso con agua. Regresé a la sala.

Me arrodillé junto a él… Quise darle de beber… Quise convencerme de que papá aún vivía…

Yo sólo tenía tres o cuatro años cuando los conservadores lo mataron. Recuerdo que mamá había comprado latas de sardinas para comer durante el viaje. Ese día nos íbamos definitivamente de Ulloa, Valle, donde yo nací. Nos íbamos desterrados de ahí por la violencia. Minutos antes de la hora fijada para emprender el viaje a Cartago, alguien golpeó en la puerta de mi casa. Un tipo preguntó si estaba papá. Dijo que necesitaba que él le diera una recomendación en su calidad de dirigente liberal del Valle… Papá salió a la puerta. Cuando inclinó la cabeza para sacar su bolígrafo del bolsillo y firmar la recomendación, el hombre le disparó… Él cayó. El tipo huyó. Los miembros del notablato conservador llegaron después… Un cura que todavía vive estaba con ellos… 

Preguntaron a gritos si Fayad había quedado bien muerto.
-De lo contrario lo remataremos a tiros- dijeron.

Olía a muerto. Hacía un calor sordo. Mamá nos sirvió sardinas a la hora del almuerzo… Desde entonces no pruebo las sardinas… Me producen asco. No me traen recuerdos. Me provocan náuseas simplemente.

Laureano Gómez, líder conservador junto a
 Alberto Lleras, líder liberal.
Todo el pueblo supo que iban a asesinar a papá, todo el pueblo… De su futura muerte se habló en los cafés, se habló en las calles… Pero como ocurre en la Crónica que una muerte anunciada de García Márquez, nadie le advirtió que lo iban a matar porque todos creyeron que él ya lo sabía…
Fueron los pájaros quienes ordenaron su asesinato: políticos portantes: los Lozano, el Cóndor del Valle… Sí, fueron ellos.

Nos fuimos para Cartago. Con nosotros llevamos el cadáver de papá. En Cartago lo enterramos. Allá residía la familia de mamá. Su hermana vivía con nosotros. Mi tía y mi mamá iban al cementerio de Cartago todos los domingos. Sobre su tumba dejaban siempre un ramo de flores.

Recuerdo a mamá, bellísima, con su cabello negro y su mirada limpia…
Recuerdo que sufría mucho cada vez que cambiaban al alcalde de Cartago. Temía que la botaran de la escuela donde trabajaba como maestra. Cuando nombraban alcalde conservador, mamá acudía a sus parientes conservadores, personas influyentes. Les rogaba que intercedieran ante él para que no la destituyeran por el hecho de ser liberal, de ser la viuda de Fayad, El Turco.

(Sí, mi familia es de origen libanés. Mi abuelo era rico pero se arruinó. Él se ganaba la vida vendiendo cachivaches. Acabó voceando los periódicos. Vendo El Baís, El Baís, pregonaba por las calles del Valle. Nosotros fuimos pobres. Mi papá se dedicó a la política)

Pues sí, mi mamá siempre mantuvo a sus hijos con su sueldo de maestra. Nos educó. Ella misma nos enseñó a leer y a escribir.

Yo era la oveja negra de la casa. Me expulsaban a cada rato de colegios distintos… No iba a la escuela. Me la pasaba con la gallada, ahí, en el río, junto a la iglesia, al lado de mi casa… Tomaba parte en actividades de delincuencia común, en robos chiquitos… Recuerdo cuando robé un equipo de sonido. Como yo era el más pequeño de la gallada, el jefe me obligó a entrar por la ventada. Saqué el equipo. Él lo vendió luego por diez pesos. De eso me dio unos cuantos centavos a penas… A los diez años visité por primera vez una casa de citas. La visité con la gallada, por supuesto. Las putas ni siquiera me voltearon a mirar. Pero yo me sentí importante. Entrar en esas casas daba nivel, daba status. Cuando se iba allá por primera vez, los demás de la gallada comenzaban a mirarlo a uno con respeto.

Mi mamá decidió enviarme al seminario. Me había conseguido una beca. Para ella constituía una solución: me separaba así de la gallada y se deshacía de una carga económica. Era todavía niño cuando viajé a Santa Rosa. Ahí ingresé al seminario. Lo dirigían curas franceses…
Había crecido odiando a los conservadores, los asesinos de papá, los culpables de que mamá hubiera quedado viuda, sola, siendo tan joven… Había crecido con el deseo de vengar la muerte de mi padre. Había crecido oyéndole decir a un tío que ya casi terminaba de vengarla… Había crecido escuchando hablar de que los liberales sí eran buenos… De pronto, en el seminario, me encontré con que el mundo no era como yo creía. Era al revés.

Los curas nos obligaban cada rato a ir a la biblioteca para mirar un libro repleto de fotografías tomadas el día de la muerte de Gaitán: incendios, cadáveres en el suelo, almacenes saqueados, iglesias profanadas, monjas violadas…

-Miren las monjas que violaron los liberales. Mírenlas bien- decían.

Había en el seminario un retrato enorme de Francisco Franco. En ese mundo monástico impregnado de tedio que describe Joyce en el Retrato del artista adolescente, Franco era el salvador de España, una especie de enviado por Dios para librar a ese pueblo de las garras del comunismo… Los conservadores eran los buenos… Lo liberales eran los asesinos, los maleantes, los que violaban monjas… El mundo al revés. ¿O al derecho?
Regresé a Cartago en vacaciones. A penas vi a mamá le dije que había decidido ser conservador. Ella nunca hablaba de la muerte de papá. Jamás mencionaba La Violencia. A nosotros casi nos estaba prohibido recordar, averiguar… Ese día, mamá se enfureció.
-Es imposible que un hijo mío resulte conservador- decía indignada.

Decidí, entonces, buscar la verdad. Decidí descubrir, solo, quién tenía la razón. Me dediqué a la lectura. Pero… no abandoné la gallada. Seguí yendo al río a encontrarme con la pandilla, a oírles las historias a los que se habían bajado ya a más de uno, a esperar la noche para recorrer juntos la zona de tolerancia…
En vacaciones iba durante el día a la biblioteca de Cartago. Recuerdo al viejito, el bibliotecario. No sé cuál era su nombre. Murió hace poco tiempo… Un día, una carta suya me llegó aquí, a la cárcel… El viejito me indicaba lo que debía leer: Berceo, El Arcipreste de Hita, el Romancero español, Quevedo, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega…


Regresé al seminario. Como era buen estudiante me premiaban dándome el manejo de la biblioteca. Yo era quien guardaba la llave. Por la noche, cuando todos dormían, me encerraba a leer horas enteras en la biblioteca privada de los curas, no en la del seminario. Era en aquella donde guardaban los libros prohibidos, los que figuraban en el Indez. Esos eran los que yo leía. El Índex fue mi salvación… El Índex y la gallada… Gracias al Índex conocí a Víctor Hugo, a Cervantes, a Goethe, a Shakespeare, a Kant, a Descartes, a Husserl, a Nietzsche, a Sartre, a los clásicos en general… Gracias a la gallada que siempre encontré reunida a la orilla del río que pasaba junto a mi casa, al lado de la iglesia, gracias a ella que estuvo siempre ahí cuando volvía a vacaciones cada seis meses, no perdí la noción de lo que es la vida, a pesar de haber permanecido tantos años entre las cuatro paredes de ese seminario frío, gris, detenido en el tiempo…

Así, entre el seminario y la gallada, transcurrió mi vida hasta que cumplí quince años. Entonces ingresé a quinto de bachillerato. Ese año debía decidir si me dedicaba al sacerdocio, si respondía afirmativamente al llamado de Dios –manifestado en el hecho de que yo hubiera estudiado entre un monasterio- o si rechazaba la señal divina para perderme en el mundo del demonio. Eso, según los curas, era lo que yo tenía que decidir… Aunque usted no lo crea, era muy difícil escoger… Era algo así como elegir definitivamente entre el infierno y el cielo…

Quise continuar en el seminario de seis meses de prueba. En ese tiempo debía meditar, debía decidir… Me trasladaron a un seminario cerca a Bogotá. Mi compañero de cuarto fue Pacho Morris, el superintendente bancario del gobierno de Turbay. Con Pacho me escapaba por las noches para ir  donde las novias a recitarles poemas que les escribíamos durante las horas que debíamos dedicar a la meditación.

Finalizó el periodo de prueba. Decidí que nunca llevaría una sotana. Abandoné el seminario. Terminé el bachillerato en cualquier colegio. 

En Bogotá ingresé al Departamento de Psicología de la Universidad Nacional.

Camilo Torres era entonces profesor y capellán de la Universidad. 




Tomado de: Siembra Vientos y Recogerás Tempestades. Patricia Lara.

(Continúa en unos días)